Dueles

Dueles tanto y no dejas de doler;
y parece imposible pensar que un día me hiciste feliz.
Dueles como si todo hubiera pasado ayer.
Como si el «no te olvido» quiera decir «ya te olvidé».

Dueles aquí y ahora y siempre.
Dueles en mi mundo y tambien en el tuyo.
Pintas mis emociones en un lóbrego opaco que yo atribuyo
al sinónimo de sentirte, de tenerte.

Dueles y te escondes en mis huesos
y me buscas entre los escombros de mi alma
masticando uno por uno mis sentimientos ilesos.
Desvaneciendo con pausas las líneas de mi palma.

Me desorientas. Me desencuentro.
Cuando se te ocurre plantarte en mi memoria.
Te cuelas en mis labios y derrumbas nuestra historia.
Esa historia que ya es pasado y la cuento por dentro.

Duelen tus palabras guardadas y la espera.
Duelen tus mentiras bien formadas como gotera.
Duele tu ignorancia y tu olvido.

Y el que no tenga ningún sentido añorar te una vez más.

Dueles interminablemente en mí.
Envuelta en todo lo tuyo me oprímes
y me imprimes tus caricias en papel,
resfregándome lo que éramos día a día, mes a mes.

Dueles tanto que te necesito lejos.
Que revoques los principios mas complejos
y te ocúltes para no verte venir.
Yo navegaré hasta el final de esta historia.
Aunque tenga que admitir
que aunque quite sobrepeso del recuerdo
para borrarte del todo tengo que volver a partir.

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Viví… Otra Vez

Caía lenta y fría aquella noche oscura.
Mis venas palpitaban, como susurros, los latidos más desesperantemente débiles, que jamás haya sentido alguna vez.
Mis manos temblorosas ante el ventanal de mi habitación, sostenían la última oportunidad en este mundo loco y agobiante… Mi mundo.
La lluvia ahogaba el paisaje de árboles desnudos por el crudo invierno, quienes seguían en pie aún frente a las más amenazantes tormentas.
Yo quería ser como ellos… Algún día quise ser como ellos.
Pero las tormenta de mis miedos azotaban mis intentos, y mis dudas mordían como una cobra mis talones.

Me rendía; y como la más oscura de las noches, tuve miedo.

Dejaba al filo de un par de vidrios rotos la desición entre el Cielo y la Tierra. Mientras la muerte se prendía un cigarro y brindaba un trago en su honor.
La soga marcaba el delgado límite entre quedarme y partir. Soga que tiraba un poco más hacia el adiós…

Y tuve miedo.

Miré mi imagen cadavérica y frágil en un espejo roto que antes odiaba escuchar. Al que nunca conformé, aún dejara mi carne desprenderse de mis huesos y mi estómago revolcarse en la nada.
Ahora me hablaba para advertirme que mi reloj se quedaba sin arena, y el ángel negro me miraba desde afuera indiferente a mi dolor.
Las gotas frías de sudor se convertían en gritos frustrados y angustiantes, y recorría mis muñecas un helado escalofrío color escarlata, que ardía dentro mío y se congelaba al salir.

Y tuve miedo… Miedo de mi.

Porque la cordura se escapaba junto con mis ganas, y el deseo irrazonable de reír con la Muerte me admiraba.
Mi cuerpo caía al suelo y el demonio ventajoso se acercaba riendo triunfante por ser anfitrión de mi aliento. Pero, si algún día creí en los milagros, este no fue la excepción.
Ahora la vida tomaba la soga y tiraba para quedarme, y una lucha entre el ahora o nunca estallaba en mi cuerpo; los galopes internos se alertaron, y como un caballo con hambre de guerra, corría la esperanza a su encuentro con las venas.

Y viví… Una vez más tomaba una carta en el juego y volteaba los dados para volver a empezar… Y viví y no tuve miedo; no tuve miedo más que el de vivir, y ese miedo se convirtió en esperanza, y esa en libertad.

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El Loco De La Calle Vieytes

El loco de la calle Vieytes nadaba en su pileta,

mientras una avispa bailaba en su panal,

eran las tres de la tarde,

el cielo estaba azul,

el sol estaba tan fuerte

y quemaba la espalda del loco de la calle Vieytes.

II

Eran las cuatro de la tarde,

el loco salió a caminar,

una lluvia de mariposas se posó en su hombro,

una lluvia de golondrinas se posó en su cabeza,

para tomar sol,

acariciarlo

y descansar un rato.

III

Eran las seis de la tarde,

el loco volvió a su hogar,

muerto de calor

y harto de tanto deambular por la costa

donde flechó su mirada

con la ternura de una muchacha,

para reposar se refugió en la poesía,

cautivando el alma con versos

de Artaud, Baudelaire, Borges, Eluard,

Neruda y Gelman.

IV

Eran las once de la noche,

el loco subió a su cuarto,

se sacó la ropa,

apagó la luz,

se acurrucó en la cama,

cerró los ojos

y a los pocos minutos estaba ahogado en un mar de sueños.

V

Eran las ocho menos cinco de la mañana,

el loco despertó contento,

porque lo esperaba un nuevo día,

largo y radiante.

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Ternuras De La Luna


Hojas de la luna deambulan por el cielo,

transformando en un árbol la noche.

Anhelo que esas hojas vuelen hacia este jardín

y arañen las flores

y luego de mi primer bostezo,

ir con ellas a dormir

o esconderlas debajo de la almohada

para tejer en mis sueños ternuras de la luna.

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La Estrella


Cada día después que el sol

baja las ventanas de su cuarto,

una estrella sale a dar giros

por los jardines del cielo

y se ahoga en sus mares profundos.

A partir de esta noche,

volaré en las alas de la luna hacia el cielo

para arrebatar un beso a la estrella

e invitarla a bailar melodías nocturnas

por alegres y melancólicos arrabales.

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