Bienvenidos Al Palacio (Primera Parte)

Punto de Vista A

El chirrido de la puerta era aterrador. El movimiento suave, lento y de velocidad constante con el cual giraban las más que oxidadas bisagras, generaba ese sonido particular. Nadie lo hubiese pensado jamás, pero yo estaba allí.

El hecho de que la Reina Madre me hubiese nombrado Sir William a tan solo 13 días de su muerte me ponía los pelos de punta. Los Europeos eran muy creyentes en eso. No tenían piso trece, no se sentaban trece a la mesa y vaya a saber cuántas cosas más no hacían si se vislumbraba ese número cerca.

Pero eso no era todo. Cuando hace dos semanas llegó a Cambridge el abogado de la familia real con el testamento de la Reina Madre heredándome este palacio, habían pasado 666 días desde mi nombramiento como Sir William.

Esto se ponía aún más difícil. En una sola tarde me enteré de las cosas más extrañas de la familia real. Ahora el palacio me pertenecía, por simple capricho de la vieja.

Ahora yo, como propietario civil, debería comenzar a pagar impuestos, los cuales, gracias al cielo, aún no habían sido calculados. Y aún peor, debía encargarme de la reconstrucción y mantenimiento, o atenerme a pagar las multas correspondientes a quienes no conservaban el patrimonio cultural de la Gran Bretaña.

Como último pedido hacia mí, la Reina Madre me solicitaba en su testamento que el Palacio permaneciera en mi familia hasta que hubiesen pasado 3 generaciones de reyes. Eso me daba que seguramente mis tataranietos podrían con suerte desprenderse de esta inútil roca encallada en el medio de Escocia.

Espero encontrar al menos algo bueno, pero por el momento no hay más que oscuridad y miedo. Los hombres no nacimos para las penumbras. Pasamos nueve meses de gestación buscando la luz, y por inconformes, pasamos el resto de nuestras vidas preguntándonos como, porque y para que salimos de allí. Algún filósofo lo podría ver como un miedo claro a la exposición, a la luz.
Un haz de luz rasgó la oscuridad. Pero no hizo más que eso. Estaba perfectamente definido el límite entre la luz y las sombras. La poca luz que dejaba entrar la puerta tan solo mostraba un piso de piedra gris. Las sombras escondían sonidos extraños.

Años metido en el Campus Universitario, me enseñaron mucho de ciencias y de relación con ingleses e irlandeses de toda la Gran Bretaña, pero muy poco de relación con edificios abandonados en parajes abandonados por más de ochenta años.

Ruidos. Posiblemente pasos. Pero no de humanos. Eran rápidos, como el teclear de una máquina de escribir eléctrica. Y así, una sombra indefinida salió de la penumbra derecha y se escabulló  hacia la izquierda cruzando los cincuenta centímetros de suelo iluminado.

Tenía la esperanza de que hubiese sido un ratón. Pero volvió a suceder. Esta vez se detuvo en el centro del haz de luz y me miró, hizo brillar sus ojitos y la inmunda rata de un tamaño tan grande como mi gato, me dirigió su saludo mostrándome sus dientes junto a un gemido. Salté hacia atrás con un grito en mi garganta, y cuando pude reaccionar, ya se había ido.

No sé por qué estoy aquí. No debería haber venido, no debería haber firmado. Y debería haber renunciado a ser Sir William para ser el mismo William que investigaba y daba clases en Cambridge.

¿Por qué estoy aquí? No pude responder a mi propia pregunta, pero me adentré tras el umbral.

La puerta se cerró detrás de mí con un golpe seco. Esta vez no chirrió y yo quedé sumido en la total oscuridad. Un aire frío recorrió mi espalda de izquierda a derecha, lo que provocó que me pusiera aún más nervioso.

El silencio era abrumador, tanto que en mis oídos solo sentía un suave silbido. El sonido del silencio total. No me animé a moverme hasta que comencé a sentir un golpeteo. Moví mi cabeza a ambos lados con la intención de mirar. Realmente era en vano tener los ojos abiertos. No encontré la fuente del golpeteo, hasta que me di cuenta que eran mis propios latidos de corazón.

Suspiré. El aire frío me recorrió la espalda nuevamente, pero esta vez de derecha a izquierda. Me propuse no pensar en eso y busqué en mi bolso algo que sirviera para alumbrarme, o para tirar una suave línea de luz en esa oscuridad.

Ya no recordaba lo que llevaba, pero algo debería haber que me sirviera. Y allí estaba, el llavero del auto tenía una pequeña linterna, la cual generalmente no tenía pilas demasiado cargadas.

Presioné el botón y un ridículo haz de luz se proyectó en el piso. Giré la cabeza del llavero y la luz dejó de ser un haz para convertirse en un foco de ancho bastante respetable, pero ridículo al fin.

Me moví unos pasos hacia la pared que había quedado a mi espalda. Debía buscar las ventanas así como la puerta para abrirlas; las había visto desde afuera, así que allí deberían estar.

Alumbré el camino en busca de obstáculos y no los vi. Me dirigí apresuradamente hacia la ventana. A los pocos centímetros noté ante mis ojos una luz extraña, y la ventana desapareció fugazmente ante mí. O yo ante ella, ya que estaba cayendo.

Con mucho dolor llegué al piso, un estar iluminado. Y detrás de la puerta se escuchaba música y se oían conversaciones. Me arreglé un poco la ropa y probé que todos mis huesos estuvieran bien luego de la caída. Me acerqué a la puerta que estaba entornada y miré.

La fiesta había comenzado y sin mí. A lo lejos había una banda de música o algo parecido. Sonaba un vals, y varias parejas en el centro del salón bailaban y bailaban, y lo hacían muy bien.

Me arreglé un poco mi ropa. La camisa con volados en las mangas me encantaba y junto al chaleco fucsia me hacía ver muy bien. Mis calzas haciendo juego con el chaleco y con el saco parecían un poco apretadas, pero después de acomodarme un poco y acostumbrarme a usarlas dejaron de molestarme. Esa suerte de zapatos que llevaba no sé si eran de mi talla o se usaban así, pero aunque apretaban un poco, creo que podría bailar sin problemas.

Abrí las puertas de par en par, la escolta se preparó para recibirme y la gente dejó de bailar. Inmediatamente la banda dejó de tocar y la gente, formando un semicírculo frente a mi, comenzó a aplaudir. Y los aplausos eran para mí.

La gente me saludaba con reverencias y sonrisas. No pude más que responder cortésmente. Me encantaba la idea de que yo era alguien importante para esa gente y de que ellos estaban allí atraídos por la grandeza de mi persona.

Cuando llegué al medio de la sala, una joven de unos veinticinco años me pidió que la acompañara. Yo le ofrecí mi mano y ella la tomó. De todas formas, era ella quien me guiaría hasta mi próximo destino.

¿Cuál sería? La gente, ante mi primer paso se abrió  a un costado dejando una de las alfombras rojas en diagonal, descubierta a mi paso. Nuestro paso.

La gente continuaba saludándome y había quienes pedían que los deleitara con no se qué. No comprendí muy bien hasta que lo vi ante mí.

Majestuoso, formidable, monumental, negro azabache como los ojos de Platero y brillante cual destello de luz de plata de luna. Posiblemente tallado a mano. Abierto ante mí, su interior con rojo carmín en sus detalles y color madera en el resto. Un aroma a madera muy particular me envolvió, cedro del Líbano o algo así. Y la blancura de sus teclas hacía que la espuma del mar y las nubes muriesen de envidia. Seguramente marfil puro y seleccionado de forma especial.

Nunca había visto un piano tan hermoso. Principalmente por el hecho de que como no sé tocar el piano, jamás tengo oportunidad de acercarme a muchos de ellos.

Y en ese momento, mientras tomaba asiento en su mullida banqueta de terciopelo rojo con bordados heráldicos dorados, me di cuenta de que la gente esperaba ansiosa de que yo ejecutara una obra maestra.

Sonreí; y pedí un vaso de agua.

En segundos apareció algo que se parecía a un mozo con una bandeja de plata y un vaso con agua.

Giré mi cuerpo sobre la banqueta y me dispuse a tomar el vaso. Me di cuenta que podía fingir que me atragantaba con el agua y que no podía tocar. Con esa idea en mente tomé el vaso mientras sonreía estúpidamente hacia los costados, a la gente que me impartía halagos.

Con plena confianza de lo que iba a hacer llevé el vaso hacia mi boca y con los ojos cerrados bebí.

Algo repugnante entró en mi boca, y lo escupí. Esa agua horrible debería ser sacada de un aljibe o de un río, pero para nada era potable. Abrí los ojos y comencé a contar la gente que había mojado. Unos reían y otros no, pensaban que me había pasado algo. Y lo recordé, mi plan. Comencé a toser toscamente y tiré el vaso hacia un costado tratando de mojar a alguien con el resto del agua de forma de crear más confusión. Me tiré al piso y comencé a fingir horcajadas.

La joven que me había acompañado hasta el piano volvió a acercárseme y me sugirió que me acostara en el piso, o que por lo menos recostara mi espalda contra la pata más cercana del piano. Ella me ayudó y tomó mi nuca con su mano para que no me golpeara la cabeza.

Tomó mi muñeca derecha y me buscaba el pulso. Sus labios eran hermosos y me hacían recordar algunos otros que me gustaban mucho. A ese momento comencé a descubrir que ella tenía más de veinticinco años y de que la conocía; era mi esposa, que me dijo:

-William ¿qué te pasó? Te desmayaste.

Nunca le conté lo del piano, pero renuncié a ser Sir William y fuimos muy humildes y felices en nuestra casita a dos millas de la Universidad.

(Lee la segunda parte)

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3 comentarios sobre “Bienvenidos Al Palacio (Primera Parte)”

  1. Felicidades por el comienzo entonces!! Tantos años pensando en llevar adelante algo…quizás sea hoy el momento justo para que sea tal y como lo imaginaste. Quizás no… seguramente!!.
    Suerte! Y espero la segunda parte.

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