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Cuentos y Poemas

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Cirrosis

Por Felipe el 10 febrero 2010
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Clodoveo Márquez despertó muy, pero muy temprano ese, su último día. Serían poco más de las cuatro de la mañana cuando, después de darse varias vueltas en la cama, prender la luz, acariciar al perro que reclamaba comida, codeó a su mujer para que despertara. Ya era hora de iniciar la jornada con el mate mañanero. Micaela estaba acostumbrada a esos despertares tempraneros e  intespestivos. Lo miró de soslayo, se restregó los ojos que todavía reclamaban por más horas de sueño y calzándose perezosa sus chancletas salió casi a oscuras, arrastrando los pies, hacia la cocina.

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Estos últimos días habían sido difíciles para la familia. Clodoveo casi no dormía o dormía a cualquier hora, cuando sus dolores le dejaban. Todos estaban pendientes de él.  Había que comprar medicamentos que siempre  resultaban costosos para los menguados ingresos del hogar. Las tareas que realizaba Micaela en el quiosco que habían instalado en la pieza del frente  se veían siempre interrumpidas por visitas al hospital para una nueva consulta o a la farmacia para una nueva compra de medicamentos. El hombre comía poco y mal. Encontraba desabrida la comida, sin gusto decía el viejo.Entonces gritaba tan fuerte que todos los vecinos se enteraban de que era lo que en casa de los Márquez se había servido ese día. Los gritos hacían también que los perros corrieran temerosos en busca de refugio debajo de la cama. En algunas ocasiones el plato iba a estrellarse en el fregadero. Los pedazos de porcelana quedaban un rato esparcidos por la humilde cocina y los restos de comida por cualquier parte. Caravana, la gata y Tricolor, el perro predilecto, limpiaban luego a conciencia los restos de este incidente. Mucho más tarde, cuando a Micaela se le calmaba el llanto, lavaba reiteradamente su cara mofletuda y enrojecida, se peinaba un poco el pelo que en estas ocasiones siempre resultaba vigorosamente rebelde, concurría con un balde de agua jabonosa a limpiar el resto.

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Jeremías Pescador…

Por Felipe el 1 febrero 2010
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Jeremías es viejo ya. Pescador curtido de horas salitrosas y solitarias a la orilla del mar. Heredó de sus padres el oficio cuando vivían allá en Punta del Diablo, en costas rochenses. ¡Qué tiempos aquellos!. Nunca dijo mucho su padre de sus antepasados y entoces esa parte de su historia personal es borrosa. Pero de niño se ve siempre en la tediosa tarea de colaborar en los remiendos de las redes que  tenían brechas que componer o encarnando al sol de la playa los interminables palangres. ¿ Y las gaviotas?. Siempre le fastidiaron con ese revolotear en torno a la mesa de faena que el viejo armaba bajo el reparo de un pedazo de lona desgastada. O cuando, sin más que hacer se agrupaban en bandadas cerca del agua y contemplaban en horas interminables el ir y venir de las olas… Algunas entonces, se acicalaban las plumas. Otras ni eso.  Mustias y silenciosas esta vez al sol.

 Madres, Jeremías tuvo varias y ninguna . Padre si, Don Tobías, como le decían todos. Nunca supo por qué las mujeres aquellas que llegaban al rancho de costaneros y que se hacían llamar mamá se transformaban en contacto con el aire y el salitre de Punta del Diablo y después sin aviso, desaparecían. Al comienzo se iban adelgazando más y más y al mismo tiempo sus pieles blanquecinas primero pasaban  por un arrebato rosáceo, se iban oscureciendo  luego y por último escamaban la piel renegrida, casi verdinegra. Cuando en sus últimas etapas en el rancho por casualidad sonreían ante una buena jornada de pesca o una áspera caricia de su hombre  sus dientes resaltaban en sus figuras escuálidas. Sus ropas elegantes e inapropiadas para el lugar se transformaban en girones irreconocibles luego.

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