El niño, las ranas y el Primer Ministro de Berlín / O / El caso de los niños desaparecidos / O simplemente / El día en que Tim perdió a su padre

 

          Había una vez, en un tiempo alterno en el que Berlín en algún momento tuvo a un Primer Ministro por gobernante, un niño que estaba seguro de que podía hablar con las ranas. Por ese entonces en Berlín se rumoreaba de la desaparición de cientos de niños a la vez. Algunos padres de aquellos niños desaparecidos decían que eran los extraterrestres los culpables de la ausencia de sus hijos. Otros decían que eran los Hummungus los que eran los culpables (los Hummungus eran árboles a los que, según la leyenda urbana común, les habían salido brazos y patas y querían exterminar a toda la población joven y no conservadora). Otros ideaban que todo era una conspiración de un grupito de niños para protestar en contra de sus padres, y que ese pequeño grupito había sugestionado tanto y tan bien a los hijos de 4 de cada 5 padres que éstos últimos habían acabado por dejarse llevar por tal corriente venenosa, justo como había sucedido con las ratas en el cuento de el Flautista de Hamelin. Toda la ciudad estaba en alarma, y todos los niños que vivían en la ciudad se sentían en peligro y eran encerrados en casa por sus padres como principal medida de seguridad.

Pero el niño que estaba seguro de que podía hablar con las ranas estaba seguro de que él estaba seguro, y de que no le iba a suceder nada, así que un día decidió salir al jardín de su casa y adoptar una rana a la que le puso el nombre de Kevin.

–Entonces. Cuéntame, Kevin –fue lo primero que le dijo el niño cuando se llevó a su nuevo amigo a su cuarto–. ¿Cómo va tu vida amorosa?

Entonces Kevin le contó todo acerca de su vida amorosa, y comenzó a filosofar y a predicar y terminó dictando un ensayo que el niño que estaba seguro de que podía hablar con las ranas tuvo que anotar por lo bueno que dicho ensayo sonaba.

Al día siguiente, el niño que estaba seguro de que podía hablar con las ranas se llevó a la rana que había adoptado y el ensayo increíblemente bien compuesto que ésta le había dictado, escrito en papel, a un concurso de talentos.

Al caminar por la calle, un hombre de aspecto extraño, vestido con ropas finas y grises y viejas, y de pelo y un ligero bigote grises, le había preguntado al niño cosas que eran tan extrañas como el aspecto que dicho hombre mostraba; pero Kevin le había respondido, supliendo al niño, haciéndole la pregunta a tal hombre de si creía que si un tronco caía en un bosque sin vida y sin nadie que pudiera oírlo aún podría ser hipotéticamente audible; que si creía que las cosas sonaban por mera apariencia hacia los seres vivos o los seres vivos no tenían nada que ver en el asunto. Y el hombre se puso a pensar, y se asustó y le pidió perdón al niño y a su rana y se fue corriendo. El niño no supo por qué había pedido perdón. Días después, saldría en las noticias que un hombre de aspecto extraño, vestido de ropas finas y grises y viejas, y de pelo y un ligero bigote grises, se había aventado de un puente, con la mirada que sólo tendría alguien que se la ha pasado dándole vueltas a la misma paradoja por demasiadas noches de su vida.

De cualquier manera, el niño siguió caminando hasta que llegó al lugar en donde se estaba realizando el concurso de talentos al que había previsto ir.

Ahí lo recibió un hombre con barba y pelo rizado, que llevaba lentes que desprendían de sí reflejos multicolores y que iba vestido de una bata morada con brillitos amarillos.

–Y… bueno. ¿Qué te trae por aquí? –le preguntó al niño y a su rana con desprecio–. Disculpa. Te hice la pregunta incorrecta. ¿Exactamente qué te hizo creer que podías simplemente salir a la calle en estos días, siendo un niño, y venir a un concurso de talentos y pensar que era una buena idea?

–Pues, mi rana –le respondió el niño–. Mi rana y el ensayo que me dijo que escribiera. Bueno, el ensayo que simplemente tuve que escribir por lo bien que sonaba. Se llama Kevin –aclaró–. Se llama Kevin y es capaz de filosofar, predicar y escribir ensayos, y hoy en la madrugada comenzó a componer una canción.

El hombre de aspecto extravagante le miró con una falsa e irónica sorpresa.

–Oh. Vaya. Es justo por este tipo de cosas por las cuales hago programas de talento, sabes, ¿niño? Para que un estúpido niño decida ponerse en tanto peligro como para salir a la calle y que me traiga y me presuma de una rana.

–Probablemente –le contestó el niño–. Aunque seguro que el que usted espera que filosofe, predique, escriba ensayos o componga canciones sea un humano y no una rana, ¿verdad?

–Cierto –afirmó el hombre. Por lo menos en eso tenía razón el muy idiota.

Pero el niño tenía confianza en la rana a la que había bautizado con el nombre de Kevin. Y creía en Kevin. Y estaba seguro de que Kevin no lo iba a defraudar. Entonces le ordenó que cantara. O que empezara a construir otro ensayo. O que filosofara. O, por lo menos, que hablara.

Pero la rana no hizo ninguna de esas cosas. Y sólo se limitó a mirar al hombre, a sacar la lengua, y a hacer “croak”.

Entonces el niño, con manos temblorosas y sudorosas, procedió a sacar un papel doblado que llevaba en el bolsillo, y comenzó a leer lo que estaba escrito en éste.

–“De la libertad y otros maleficios” –empezó a leer.

Y terminó leyendo todo el ensayo que en realidad le correspondería leer a Kevin.

Y el hombre extravagante quedó, esta vez, verdaderamente sorprendido.

–Y dices que tu rana escribió eso –dijo.

–Sí. Pero es que está nerviosa. Y ahorita no se atreve a hablar. Vamos, que nos pasa a todos en algún momento. Discúlpela, por favor.

–Y eres todavía un niño, si no me equivoco respecto a tu edad –dijo.

–Sí. Sí, creo que sí.

–Perfecto –sonrió el hombre.

–Pero yo no escribí ese ensayo, fue mi rana –insistió el niño.

Pero el hombre no le quiso creer, y agarró al niño y se lo llevó y canceló lo que restaba del concurso de talentos, y la gente que esperaba a entrar a mostrar su talento, sentada en una tortuosa y depresiva sala de espera, comenzó a aventar, frustrada, los objetos que traía a la mano en señal de protesta. Y se hizo un caos. Pero al hombre extravagante poco le importó, y el niño estaba demasiado ensimismado en lo que le pudiera hacer el hombre como para de hecho darse cuenta de lo que estaba pasando tan cerca de él.

El hombre se llevó al niño, casi corriendo, por las calles de Berlín, y a causa de la prisa y el movimiento que casi siempre era improvisado y torpe debido a los transeúntes y caminos de coches por los que ambas personas se metían e intentaban esquivar, al niño se le cayó su rana en una banqueta.

–¡Kevin! –gritó, desesperanzado.

Pero al hombre no le importaron sus gritos desesperanzados, y siguió jalándolo, hasta que el niño perdió de vista a su rana. Y ambos corrieron por las calles de Berlín hasta que llegaron al hogar del Primer Ministro de Berlín.

Ahí, frente la puerta principal de la grande y decorada casa enteramente hecha de mármol del Primer Ministro, había apostado un soldado vestido de ropas rojas y amarillas, y que tenía un sombrero negro y felpudo colocado sobre la cabeza que le confería el aspecto de ser un micrófono, o un hombre con cabeza de borrador quizás, o incluso un hombre con intestino de tarántula sobre su cráneo.

El hombre extravagante tocó a la puerta, ignorando total y absolutamente al soldado que sólo puso una cara de desagrado, y cuando la puerta fue abierta, empujó al niño por ésta, y gritó:

–¡Theodore! ¡Ya tengo lo que buscabas! –Y, advirtiéndole al niño, le dijo entre susurros–: Creo que descubrí algo recientemente. Pero antes ayúdame, pequeño engendro, a comprobar si lo que creo es cierto. No estaba planeado que quien llevara fuera un niño, pero así es todavía mejor. Y es todavía mejor porque lo podrás distraer de la mejor forma que se le podría distraer a alguien con el ensayo que me leíste.

–Pero… –musitó al niño antes de que el hombre le callara.

El soldado que se encontraba junto a la puerta ahora abierta, que ya los había mirado raro desde que entraron en la gigantesca casa de manera tan súbita, espontánea e inesperada –especialmente al niño-, anunció:

–No le gusta que le digan Theodore. Es el Primer Ministro.

–Sí. Sí, lo que sea –dijo el hombre extravagante. Y volvió a llamar–: ¡THEODORE!

Así que Theodore salió de su despacho y bajó por las escaleras de mármol, porque su despacho se encontraba en el último piso del edificio, hasta que llegó a la planta baja y se posó justo enfrente del niño que estaba seguro de que podía hablar con las ranas y del hombre extravagante que detenía al niño de la mano como un producto a vender. Primero, al Primer Ministro pareció que se le salían los ojos de las órbitas al ver a un niño. Luego pareció calmarse y dejó descansar sus brazos, cruzados, en su espalda. El Primer Ministro no dijo nada ante la imagen que se desplegaba ante sus ojos, y sólo se quedó ahí parado, fulminando al niño con la mirada que sólo un Primer Ministro le dirigiría a un niño.

–¿Y bien? –inquirió.

El niño no supo qué decir. Le volvían a temblar y a sudar las manos, y las piernas también le empezaron a temblar, así como la boca se le quedó seca.

–Vamos, niño –le instó el hombre extravagante–. Muéstrale al tío Theodore de lo que eres capaz.

–No es el tío Theodore. Es el Primer Ministro –volvió a decir el soldado.

–Sí, sí, claro –volvió a decir el hombre, sin desviar la atención del niño.

–Pe-pero –le volvió a intentar decir el niño al hombre extravagante–. No traigo a mi rana.

–Ah. Lo siento. Había olvidado explicarlo –dijo el hombre extravagante, dirigiéndose al Primer Ministro, quien no pareció pensar en parpadear o en respirar o en siquiera realizar los procesos químicos que le correspondían por el hecho de ser un humano vivito y coleando–. El idiota cree que necesita a una rana para mostrarle al mundo de lo que es capaz –anunció, como si el niño no hubiera estado ahí, y negó con la cabeza y, colocándose ambas manos en la cadera comenzó a chasquear la lengua con gesto reprobatorio.

–P-pero de ve-verdad. Necesito a Kevin. Se me cayó en la calle. Le dije –le dijo al hombre extravagante–, le avisé que se me había caído. Pero usted no me hizo caso y ahora no puedo…

–¡SÍ PUEDES, MOCOSO! ¡ANDA! –bramó el hombre extravagante en su oído izquierdo. Parecía extrañamente angustiado–. ¡NO DEBE SER TAN DIFÍCIL, MALDICIÓN!

El niño se retorció. El hombre le miró con un atisbo de lástima, y lo soltó de donde lo tenía agarrado. El Primer Ministro se disponía a darse la vuelta.

–No-no-no –insistió el hombre extravagante, haciendo movimientos extraños con las manos para gesticular–. No lo haga. Por favor. No me haga daño. ¿Está bien? No lo haga. Todo saldrá bien.

El Primer Ministro paró en su lenta y solemne rotación.

Así que el hombre extravagante le susurró al niño que estaba seguro de que podía hablar con las ranas que sólo leyera su ensayo. Que era algo intrínsecamente fácil. Y el niño lo intentó. Pero tartamudeó y lo entonó mal y se equivocó varias veces.

Y el Primer Ministro perdía la paciencia.

–Me has hecho perder el tiempo –le dijo al hombre extravagante–. Y has estado sospechando de mí desde que empezaste a trabajar para mí. Pues bien. Tú lo quisiste así.

De manera que el soldado que insistía en que al Primer Ministro de Berlín no se le llamara Theodore tomó al hombre extravagante del brazo, así como lo había hecho anteriormente el hombre extravagante con el niño que estaba seguro de que podía hablar con las ranas, y le voló los sesos al hombre extravagante con una escopeta que había traído oculta todo el rato debajo de su suéter rojo y blanco, y no le importó que el niño viera cómo al hombre extravagante le explotaban los sesos por dentro de la cabeza.

El Primer Ministro dijo:

–Este niño es estúpido. Y tartamudo. Y es muy bajo para la edad que aparenta. Desperdiciar a uno no importará.

Así que el soldado regresó de una patada al niño a las calles de Berlín. Y cerró la puerta de la grande y decorada casa enteramente hecha de mármol del Primer Ministro.

Entonces, el niño caminó por las calles en las que había parado y prosiguió con su vida al buscar a la rana que había perdido en una banqueta, junto a un cruce de calles que no conseguía recordar en dónde estaba.

Después de mucho buscar, encontró a Kevin justo donde lo había dejado en contra de su voluntad, quien inmediatamente lo saludó de la más fina y nunca antes vista manera en que una rana –ni siquiera un humano- podría nunca haber saludado.

El niño le devolvió el saludo. Le contó lo que había pasado en su ausencia. Lloró al explicarle la muerte del hombre extravagante. Y le dijo a la rana que quería venganza.

Y Kevin le respondió, de la manera más culta y amena posible, que le ayudaría en lo que parecía que le estaba pidiendo. El niño le dijo que sí, que era justo lo que creía lo que le estaba pidiendo.

Así que el niño que estaba seguro de que podía hablar con las ranas se llevó a Kevin, transportándolo en la palma de su mano derecha, y Kevin llamó a más ranas que paulatinamente fueron saliendo de entre las calles de Berlín, y el niño habló con cada una de ellas. Primero fueron cinco ranas. Después fueron doce. Luego fueron veinte. Y pronto fueron cientos de ranas. Y en un determinado momento fueron mil ranas. Cuando fueron mil y al niño le pareció que eran suficientes, les contó todo: del concurso de talentos, del hombre extravagante, del Primer Ministro de Berlín y del soldado que estaba apostado junto a la puerta de su casa y de la venganza que estaba ansiando. Les pidió a todas las ranas su ayuda, y las ranas, de la forma más disciplinada, concreta y sincronizada, le respondieron al unísono que le ayudarían a conseguir su venganza.

Y se dirigieron a la casa del Primer Ministro de Berlín.

Así que cuando el niño y las mil ranas que lo acompañaban llegaron a la casa del Primer Ministro, el infante tocó a la puerta principal como lo había visto hacer al hombre extravagante, y notó que el soldado que en la primera visita del niño a la casa del Primer Ministro de Berlín había estado repetidamente corrigiendo al hombre extravagante ya no estaba fuera de la puerta, apostando a posibles visitantes. Entonces se abrió la puerta y el soldado berlinés recibió al niño, apuntándole a la cabeza con la escopeta con la que había matado al hombre extravagante. El niño notó que había manchas de sangre en su uniforme, aunque casi no se notaban debido al estridente color de su uniforme. El Primer Ministro no estaba ahí.

Antes de que el soldado pudiera gritar: “Primer Ministro, el niño que usted dijo que era estúpido, tartamudo y muy bajo para la edad que aparentaba y que dijo que no importaría desperdiciar, ha regresado. ¿Debería matarlo por entrometido?”, el niño le hizo una seña a las ranas, y las ranas comenzaron a cantar. Cantaron la quinta sinfonía de Beethoven, la Primavera de Garibaldi, “Help” de los Beatles, piezas de música electrónica y piezas de rap moderno, y música que aún no había sido escuchada por ningún otro oído humano; música que era del principio de los tiempos y música que provenía del futuro y del apocalipsis de todos los mundos; todo eso al mismo tiempo. El soldado quedó eclipsado, soltó el arma, sonrió, y sufrió de un derrame cerebral por la cantidad de arte auditivo que estaba recibiendo. Y cayó ante los pies del niño que estaba seguro de que podía hablar con las ranas.

Teniendo el paso libre, el niño y las mil ranas que lo acompañaban decidieron internarse en la monstruosa casa de mármol del Primer Ministro de Berlín, y procedieron a subir por las mismas escaleras por las que hacía unas horas había bajado el Primer Ministro de Berlín a recibir al niño y al hombre extravagante. Subieron lenta y deleitosamente, escalón tras escalón, hasta que llegaron a la segunda planta.

El Primer Ministro tampoco estaba ahí.

Pero ahí estaba una señora, algo pasada de peso y con el pelo pintado de color azul claro. Estaba sentada ante un escritorio sobre el que había muchas hojas de papel que parecían no estar acomodados en el orden correcto. Una puerta estaba detrás de ella y del escritorio sobre el que estaba sentada; una puerta que era de madera oscura y picaporte de márgenes dorados. Parecía como si la señora y su escritorio estuvieran bloqueando dicha puerta.

La señora volteó a ver quién se atrevía a subir al segundo piso de la casa del Primer Ministro de Berlín, e inicialmente, al ver que era un niño el que se encontraba en el mismo sitio en donde había esperado encontrar a un hombre, quizás peligroso y con un arma de fuego y un trapo que le ocultara la cara (estereotipo que se había seriamente planteado porque hasta ahora casi nadie que no fuera del personal del Primer Ministro o el Primer Ministro en persona había logrado subir hasta ese literal nivel), sus ojos parecieron encenderse en gula. De todas maneras, le sonrió al infante frente a ella con una falsa sonrisa de amabilidad.

–Hola, cariño. ¿Te perdiste? –le preguntó, como si de verdad no tuviera ningún sentido irónico el que un niño con mil ranas a sus espaldas se encontrara en la casa del Primer Ministro.

–No. Sí –le respondió el niño, titubeando–. Bueno. Sí y no. Busco a… –recordó el nombre que había utilizado el hombre extravagante–. Busco a Theodore. Y no lo encuentro. Por ello me siento perdido. Lo busco y aun así no lo encuentro. Busco a Theodore.

–Querrás decir, al Primer Ministro –le corrigió la mujer regordeta de pelo azul claro, indignada, y con un dedo en alto, dogmáticamente, dijo–: Primer Ministro. No Theodore. ¿Serás capaz de recordarlo? Primer Ministro. No Theodore –repitió.

–Sí, sí, claro –dijo el niño, haciendo caso omiso de lo que decía la señora, muy parecido a como lo había hecho el hombre extravagante–. Busco al Primer Ministro –se decidió a aclarar, para que la señora fuera un poquito menos contraproducente.

–¿Al Primer Ministro? –repitió la mujer que llevaba el pelo teñido de azul claro.

–Sí. Así es –repitió el niño que iba acompañado de mil ranas.

–Un niño busca al Primer Ministro de Berlín. Ajá. Claro. Por supuesto.

–Sí. Así es.

Y como si antes no lo hubiera notado, la señora le preguntó:

–¿Y todas esas ranas? ¿Qué vas a hacer con todas esas ranas, cariño?

–Con todas esas ranas voy a matar al Primer Ministro de Berlín, por supuesto. O a Theodore, o como se llame. O más bien, podría llamarle como “el tipo que mató al hombre extravagante”.

–¿Hombre extravagante?

–Sí. Me trató mal desde que lo conocí, pero creo que llegó a tratarme bien en sus últimos momentos, a decir verdad. Me dio lástima lo que le pasó. Sencillamente no creo que merecía haber muerto así. De hecho, no creo que debería haber muerto; muerto a secas. Muerto de cualquier manera. Nadie debería merecer morir de cualquier manera. Excepto Theodore, el Primer Ministro. Creo que él sí merece morir. De cualquier manera posible por lo que le hizo al hombre extravagante.

La mujer guardó silencio por unos momentos. Luego, dijo asustada:

–Está bien. Está perfectamente bien, cariño. Todo va a estar bien. Desgraciadamente no puedo decir que haya escuchado algo (ni que realmente me importara en lo más remoto) de tu… de ese… ¿Cómo lo llamaste?

–Hombre extravagante.

–Sí. Claro, cariño. Eso. Entonces. No pasará nada. Todo va a estar bien –repitió.

Y llevó su regordeta mano hacia un teléfono blanco de cable que estaba sobre su escritorio café de madera oscura, que se parecía mucho a la puerta que estaba a su espalda.

–Comuníqueme con el Primer Ministro, por favor –le pidió a alguien al otro lado de la línea.

Entonces, las mil ranas le recitaron a la mujer que llevaba teñida el pelo de color azul claro la poesía de una cultura anterior a la humana, y la mujer quedó tan eclipsada ante la belleza de aquella poesía -que era tan bella que trastornaba-, que tuvo que soltar el teléfono; sonrió por última vez en su vida y sufrió un paro cardiaco que hizo que la parte superior de su cuerpo se desplomara sobre el escritorio, como si todo el rato hubiera sido un muñeco de trapo controlado por una mano subterránea, o una marioneta controlada por una mano, en efecto, no subterránea. O como si hubiera sido ambas, en sentido figurado.

Ya que aquí también el paso le había quedado libre (al niño que estaba seguro de que podía hablar con las ranas y a las mil ranas que lo rodeaban y seguían, contando a Kevin), el niño y las mil ranas se decidieron a entrar por la misteriosa puerta detrás del escritorio de la mujer con sobrepeso, pelo azul claro y corazón literalmente destrozado.

La puerta no se abrió inicialmente, y a causa de ello el niño se sintió defraudado porque no sabía dónde podría conseguir una llave y no sabía qué iba a hacer de importante en su vida de once años si no era abrir esa puerta; pero, de pronto, novecientos noventa y nueve ranas arremetieron contra la puerta al mismo tiempo, la cual finalmente cedió, se rompió, y fue una cosa más que dejó al niño y a sus ranas pasar. Por otro lado, algunas ranas no consiguieron pasar porque habían muerto del golpe que se habían dado: o bien se habían dado en el cerebro y éste había quedado atrofiado por el golpe, o las ranas mismas quedaron atrofiadas, o en algunos casos quedaron paralíticas.

En cualquier caso, el niño y ahora menos que mil ranas entraron por el hueco que se había hecho en la ahora destrozada puerta. Cuando estuvieron en el cuarto al otro lado de la puerta, se encontraron con que estaban en un cuarto con cientos de otras puertas que seguramente guiaban hacia cientos de otros cuartos. Y todas estaban cerradas con llave.

El niño empezó a llorar. Quizás lloraba porque extrañaba al hombre extravagante, o quizás porque extrañaba a su madre, que le esperaba en casa, o quizás porque le entró miedo de los extraterrestres o de los Hummungus o de lo que fuera que podía eventualmente capturarlo como a todos los demás niños, últimamente; pensaron las ranas. O quizás era porque tenía hambre, pensó Kevin.

Fuera como fuera, las ranas, intentando consolarlo, se distribuyeron las puertas, y en cada respectivo bloque de trabajo del rompimiento de puertas, todas las ranas empezaron a lanzarse al mismo tiempo en contra de cada una de las incógnitas que había en la habitación y que eran llamadas puertas. Muchas ranas murieron, pero todas las puertas quedaron abiertas. Y el niño dejó de llorar.

Muchas de las puertas llevaban a barrancos internos en el edificio. Algunas otras se topaban con una pared de concreto. Pero sólo una llevaba a un pasadizo que parecía no tener ninguna luz en absoluto. El niño, Kevin y todavía menos que mil ranas entraron por la última puerta en ser mencionada.

Cuando el niño se adentró en este oscuro pasadizo, se dio cuenta por el sentido del tacto de que el pasadizo era bastante estrecho de lado a lado, y se preguntó si para un adulto, o por lo menos para alguien más alto, sería también estrecho del suelo al techo.

Recordaba lo que había mencionado el Primer Ministro, Theodore, acerca de su altura, y recordaba a las ranas que se habían estrellado contra las puertas, y tuvo que sonreír al hacer los comparativos. Y Kevin se asustaba un poco cada vez más.

Al atravesarlo, en ocasiones, el pasillo resultaba completamente oscuro, y en otras, parecía que de alguna inexplicable manera retumbaban relámpagos en él, y con dichos aparentes relámpagos, todo el pasillo se iluminaba y las caras de miles de niños aparecían reflejadas en todas partes: en el suelo, en las paredes laterales, en el techo, en lo que quedaba de la puerta por donde habían entrado y en lo que parecía ser una puerta en un lejano enfrente. Aparecían las caras de niños sucios, de aspecto cansado y triste, y en su mayoría, aparecían caras de niños enfermos y gran cantidad de caras de niños deformados.

A pesar de todo esto, el niño caminó por el pasillo, hubiera o no relámpagos, hubiera o no niños cuyas miradas resbalaban en él y en sus ranas que lo iban siguiendo a pesar de todo.

Kevin se acercó al niño, y el niño le agradeció por todo lo que estaban haciendo él y sus amigos por él.

–Gracias Kevin –le dijo a quién empezaba a creer que se había convertido en su mejor amigo.

Kevin no le respondió. El niño ignoró su silencio.

–Y gracias Trevor, y gracias Martha, y gracias Oswald –Y el niño le agradeció a todas y a cada una de las ranas, que conocía por sus nombres porque ellas se lo habían dicho, y las ranas le agradecían una a una sus agradecimientos con un humilde croak. Todas menos Kevin.

Hubo un momento en el cual después de caminar varias horas por el pasadizo oscuro y relampagueante, el pasadizo terminó y el niño y las ranas se encontraron ante otra puerta. El niño miró a las ranas, y las ranas reaccionaron ante su mirada. Todas menos Kevin. Se lanzaron contra la puerta. Todas menos Kevin. Algunas murieron, una vez más. Pero Kevin no murió.

De manera que el niño y mucho menos que mil ranas entraron en el cuarto al que daba la puerta destrozada; cuarto que se iba desarrollando en su visión cada vez que se acercaban más. Era un cuarto con paredes metálicas y rojas, como si hubieran sido rociadas con montones de órganos, o sangre, o vómito, si es que el vómito podía ser rojo. Era un cuarto lleno de moneditas, pequeñas y bonitas; monedas que no se acercaban a ser más que centavitos. Era un cuarto en donde estaba el Primer Ministro Theodore.

Theodore estaba ahí.

Estaba ahí, sentado (¿o quizás sería más acertado decir que estaba recostado?) sobre unas cuantas pilas de centavos que se asimilaban, por la manera en las que estaban colocadas, a un relieve montañoso, y parecía que con tan sólo un soplo o una pequeña mariposa o sino una cuchara voladora que se parara en la nariz del Primer Ministro se podía caer toda la estructura. Sin embargo, parecía sumamente y grotescamente estable. Ahí estaba Theodore, con su camisa impecable y blanca abierta de la parte de los botones, su saco tirado a un lado, con lentes oscuros sobre su cara, y tomándose una bolsita de jugo que parecía haber sido robada a un niño. Parecía como si el Primer Ministro de Berlín estuviera tomándose un día de playa en Mallorca.

Las ranas croaron con muy poca sincronización a propósito, y el Primer Ministro Theodore, sin pronunciar palabra alguna, se bajó los lentes oscuros hasta que fueron sostenidos por el puente de su nariz y miró a su alrededor, y en ello localizó al niño con la vista frívola y seca que tanto caracterizaba al Primer Ministro de Berlín.

–Oh. Tú. El niño estúpido y tartamudo que es bajo para su edad. Maravilloso –saludó–. ¿Qué diablos haces aquí? –Lucía aterrado. Debía estarlo, de hecho. Cualquiera, encontrándose en la misma situación, no podría haber estado aterrado en mejor momento.

Se quitó los lentes oscuros y los colocó a un lado, junto a su saco desparramado en el suelo hecho de centavos.

–Aquí están, ¿no es cierto? –preguntó el niño.

–¿Están? ¿Están qué? –preguntó Theodore.

–Los niños que buscaba el hombre extravagante.

–¿El hombre extravagante?

–Sí.

–¿Niños?

–Sí.

–Niños.

–Ajá.

El Primer Ministro guardó silencio, se llevó dos huesudos dedos a los labios, y dijo:

–¿Estás intentando decirme que crees que los niños están aquí?

–No lo creo. Lo sé. Así como sé que estoy seguro de poder hablar con las ranas.

–Vaya. Claro. Pero si tanto lo sabes… ¿dónde estarían dichos niños?, ¿eh? Todo el mundo sabe que fueron secuestrados por los aliens –rio–. O por los Hummungus. O por una pandilla de niños controladores. Algunos se atreven a decir que se los llevó un nuevo mesías para complacerse sexualmente (por supuesto, en un ámbito extrañamente religioso). Otros incluso han dicho que todo es una estrategia de las empresas de zapato, para conseguir más trabajadores. Razones, razones y más razones para explicar la desaparición de los niños. Razones tontas. Razones crédulas. Pero razones lo suficientemente válidas para mí. Así que no vengas a decirme que crees, no –se corrigió–, que sabes que aquí están los niños desaparecidos. Porque no lo están. O sino, ¿dime en qué maldita parte de esta maldita habitación crees que malditamente están?

El niño sabía dónde estaban. Sólo que no dijo nada. Y se giró con la intención de no ver, y las ranas, que a pesar de ya no ser miles aún eran suficientes, empezaron a preguntarle al Primer Ministro de Berlín cómo le iba con sus propios hijos, que aún eran niños.

Y el Primer Ministro de Berlín, Theodore, lloró y dijo que se arrepentía de cómo los trataba.

Y las ranas le preguntaron cómo le iba con su esposa.

Y el Primer Ministro Theodore lloró, y dijo que últimamente prefería más el dinero.

Y las ranas le preguntaron cómo le iba con su vida privada.

Y Theodore dijo que ya no tenía algo que llamar “vida privada”.

Theodore se puso rojo, apretó los puños y su cara se hinchó cada vez más. Se había enojado, evidentemente. Las lágrimas que asemejaban a suicidios colectivos de moléculas de agua seguían resbalando por las mejillas del pequeño Teddy. Lágrimas brotaban del pequeño Teddy que empezó a gritar que sentía una extraña atracción sexual hacia los centavos que tenían los niños, y hacia los niños que llevaban centavos, y que ansiaba tanto tener un secreto del que nadie, absolutamente nadie supiera. Y gritó que él mismo había ido a muchas casas, tocado por la puerta principal, hablado con muchos niños que iban a la puerta bajo la orden despreocupada de sus padres (que siempre estaban ocupados y les dejaban ir solos y nunca solían realmente enterarse de nada), y que les daba un dulce, les contaba un chiste, se los llevaba y los descuartizaba en este mismo cuarto lleno de centavos en el que ahora estaban el niño, las ranas y el Primer Ministro de Berlín. Y que antes de matar a los niños que se encontraba, antes de que los niños prefirieran las escuela y las agujas y las arañas y todas esas cosas que a ningún niño le agradan a haber hablando con el Primer Ministro, les pedía un centavo; y que los niños iban, les pedían un centavo a sus padres, diciéndoles que se los había pedido el Primer Ministro personalmente, y que sus padres les daban uno o más centavos, se reían, no les creían y los ignoraban, y los niños salían de su casa, para que lo último que hubieran escuchado de sus padres fueran risotadas burlonas, y para darle uno o más centavos al Primer Ministro, y para morir y gemir y llorar y berrear cuando éste les arrancara las extremidades.

Luego, según contó Teddy, amontonaba a las diferentes partes de los diferentes niños para que así estuvieran acomodadas tan bien que con la suficiente coherencia arquitectónica constituyeran la base o el suelo para poner y acomodar de la manera más enfermizamente ordenada posible todos los centavos que le habían regalado los mismos niños. Sí, contó, los niños (no estaba seguro de que las partes separadas siguieran contando como “niños”) estaban debajo de los centavos, sosteniendo a éstos, como si fueran una simple pared, o un simple suelo, de hecho.

Así que Teddy no pudo hacer más que llorar y, llegado un punto, explotó en confeti y una víbora quedó en su lugar, en el mismo lugar en el que hacía cinco segundos había estado el Primer Ministro de Berlín.

La víbora (de colores rojos y amarillos, dividida en franjas) siseó, enojada, pero al mismo tiempo luciendo un aspecto tan desalentador que algunas de las pocas ranas que quedaban tuvieron que llorar de empatía. Pero esto último al final dio un poquito igual, ya que, las ranas, una a una para ser precisos, se metieron en la boca de la víbora hasta que la víbora se hinchó como una pelota y quedó asfixiada y murió.

A esto, Kevin y el resto de las ranas que no habían alcanzado a meterse en la boca de la víbora recitaron un nuevo ensayo que se les acababa de ocurrir; un ensayo en honor a todos los niños que se encontraban sepultados debajo de todos los centavos con los que el ahora muerto Primer Ministro de Berlín había establecido su playa personal.

El niño que estaba seguro de que podía hablar con las ranas recitó, a su vez y humana manera, su propio ensayo, que estaba dirigido para el hombre extravagante, de quien nunca supo dónde fue sepultado o si siquiera fue sepultado.

Después de que todos hubieran terminado de recitar el ensayo que consideraban más acertados, el niño, acompañado de Kevin y las ranas que quedaban, tomaron de regreso todo el camino que habían recorrido y salieron de la grande y decorada casa enteramente hecha de mármol que había sido del Primer Ministro. En el camino retroactivo pasaron por muchos de los cadáveres de las ranas, y algunas de las ranas que habían quedado vivas se quedaron con las ranas que habían quedado muertas, quedando atrapadas en la melancolía que resulta de la muerte de alguien cercano. Pasaron también por los cadáveres de la señora del pelo pintado de azul claro y el soldado berlinés, de quienes nadie se compadeció, a decir verdad.

Cuando el niño que estaba seguro de que podía hablar con las ranas y Kevin, junto con las pocas ranas que quedaban, estuvieron al aire libre y fuera de la casa del Primer Ministro, el niño le agradeció a las ranas.

Pero las ranas no le agradecieron a él; tal vez tenían miedo o tal vez tenían náuseas por todo lo que había sucedido, o tal vez las ranas simplemente no hablaban. Entonces, Kevin fue el único que abrió su boca de rana y dijo que alguien más necesitaba de su ayuda, al parecer alguien debajo de las alcantarillas de Berlín, y él y sus ya pocos amigos huyeron en todas las direcciones, como si todo el rato se hubiera tratado de cucarachas o ratas y no de ranas. Todas encontraron una alcantarilla o un hueco por el que aventarse.

Todas excepto Kevin, quien se quedó mirando al niño que ya no estaba tan seguro de que podía hablar con las ranas con la mirada de quien mira con una extraña lástima, y como despedida, le contó al niño un pensamiento filosófico que nunca nadie se había atrevido a sopesar. Pero al niño no le dio un derrame cerebral ni un paro cardiaco ni explotó en confeti ni se convirtió en una víbora de franjas rojas y amarillas. Sólo sonrió, con tristeza, entendiendo, y echó a andar de vuelta a su casa. Y Kevin también se metió por una alcantarilla, y nunca más volvió a hablar. Por lo menos nunca volvió a hablar como una rana hablaría con un niño o con los humanos en general.

Cuando el niño llegó a la cocina de su casa, su madre estaba ahí, esperándolo. Era la hora de la comida, y le sirvió un elote y unas alcaparras, conjunto de comida que, evidentemente, no era suficiente para que el niño quedara satisfecho ni que su madre comiera siquiera un poco. Ella sólo se sentó junto a él y lo observó comer, con una nerviosa sonrisa. Lo primero que hizo, pasando de saludarlo, o de contarle o de decirle algo que casi todas las madres dicen a la hora de la comida, fue preguntarle, con cierta dulzura:

–¿Sabes cómo le ha ido a tu padre, hoy, con el Primer Ministro?

–No. La verdad es que no sé qué le ha pasado ni por qué no ha llegado. –El niño mordió un poco de su elote, que estaba un tanto verde, y pinchó con el tenedor a una alcaparra.

–Seguramente sigue trabajando. Ya sabes, seguro se quedó atrapado ahí, conversando con algún estorboso. O el Primer Ministro le llamó. ¿Quién sabe? Yo no y tú no sabemos, por lo menos, y creo que no deberíamos preocuparnos.

Ella siempre sonaba preocupada.

–¿Y qué pasó con el concurso de talentos del cual tu padre estaba tan seguro de que su resultado iba a llevarlo a la casa del Primer Ministro? Ya sabes, para seguir investigando, como dijo. O para investigar mejor, creo que él me había dicho. No lo sé. Da igual.

–Fue bien, creo. Pero por lo que me contó al final el concurso fue cancelado.

Su madre rio, un tanto ansiosa.

–¿Viste de qué maneras iba vestido hoy? Y pensar que es la mano derecha del Primer Ministro de Berlín…

Pero el Ministro ya no tenía manos. Nunca había tenido manos. Había sido siempre una serpiente que quería centavos y niños.

–Sí. Lo sé –rio a su vez el niño–. Todo un hombre extravagante que parecía hoy.

–¿Y no te contó nada del caso de los desaparecidos sobre el que estaba investigando en lo oculto?

–¿El caso de los desaparecidos?

–Sí, Tim. La razón por la que comenzó a trabajar en un principio para el Primer Ministro. La razón por la que el Primer Ministro empezó a enojarse tanto con él. ¡Ya sabes Tim! –Había empezado a temblar–. Seguramente sospechaba que tu padre tenía algo contra él. Ya sabes, la razón por la que decidió hacer hoy un concurso de talentos; que hizo con la principal intención de mantener al señor-Primer-Ministro contento. Y, sí, ya sabes, “ seguir investigando”. O… ¿cómo había dicho? Bueno, pero eso da igual. ¡Diablos, ¿no te acuerdas Tim?! –Y había empezado a llorar–. Lo siento. Perdón. Sólo… –alegó, intentando mantener las lágrimas dentro de sus ojos.

–No importa. Todo bien. –Tim se acordaba–. Sí. Sé a lo que te refieres. A todos esos niños que desaparecieron –confirmó Tim–. De hecho, escuché por ahí, al pasar por la calle…

–¿¡Estuviste en la calle!?

–Eh… sí.

–¡¿EN LA CALLE?! ¡¿UN NIÑO COMO TÚ?! ¡DÉJATE DE LO DE “UN NIÑO COMO TÚ”; ¿UN NIÑO?! –bramó.

–Sí.

–Está… está bien. Decías que escuchaste…

–Ah. Sí. Al pasar por la calle escuché por ahí que los niños desaparecidos habían sido usados como soporte para todos los centavos que tenía acumulados el Primer Ministro.

–Tim, no estés bromeando. No es gracioso.

–Bueno, fue lo que escuché. Incluso, creo que llegué a escuchar que el Primer Ministro era una serpiente, en realidad.

La madre de Tim rio estruendosamente. Ya no lloraba, o intentaba contener lágrimas. Eso era bueno, ¿o no?

–Vamos, Tim, deja de estar haciendo bromas sobre este asunto tan delicado. No es… no es gracio… –pero tuvo que volver a reír–, gracioso. –Pero seguía riendo.

Y Tim rio sin realmente desearlo. Y ambos rieron, quizás ambos sin la real intención de reír.

Uno pasó más hambre que el otro ese día.

Y el padre de Tim nunca regresó a casa. Y Kevin tampoco. Pero el Primer Ministro tampoco regresó nunca a las calles de Berlín, ni a las casas que estaban en las calles de Berlín, ni a visitar los niños que vivían en las casas que estaban en las calles de Berlín.

Así que todo no era quizás tan malo como parecía. A final de cuentas, Tim se había probado a sí mismo que podía realmente hablar con las ranas. Es sólo que nadie que aún estuviera vivo lo había visto hacerlo.

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