Ángel, mi pequeño ángel oscuro. No podrás huir de mí.

Ángel, me perteneces.

Jamás te alejarás de mí, Ángel.

Tu alma y tu cuerpo, me pertenecen.

No dejaré que nadie toque lo mío, Ángel.

No lograrás huir de mí, mi ángel.


 ¿Tienes miedo? Te daré una razón real para que me temas. Ángel sangriento.
La luz de la luna bañaba sus cabellos dorados, y sus ojos, tan azules como dos zafiros recién pulidos, paseaban por todo el lugar. Parecía un ángel, un precioso ángel lleno de pureza. Pero era sólo una máscara, una máscara que escondía el más terrible de los males. Tenía una sonrisa en el rostro, mientras me buscaba con movimientos llenos de cinismo.

Yo temblaba, de miedo, de frío, de debilidad. Rogaba a cualquier divinidad existente, o inexistente, que no me encontrara. Sabía que, si llegaba a encontrarme, no me esperaba nada bueno. Abracé mis rodillas mientras deseaba, con todas mis fuerzas, que no revisara debajo de la mesa en la que me encontraba, agazapada contra en suelo.

—Ven aquí, Pequeño ángel—me llamó, por lo que mi corazón aumentó su ritmo al de un caballo desbocado. Tenía miedo, mucho miedo.

Debajo de su hermosa fachada, había algo mucho más oscuro. Escondía a un monstruo oscuro y sádico, que disfrutaba del sufrimiento ajeno. Tenía a un demonio sangriento, escondido debajo de la piel de un ángel. Ese ángel hermoso, no era más que una ilusión creada para atraer.

—Puedo escuchar tu corazón desbocado, Dulzura—solté un jadeo accidentalmente, de lo cual me arrepentí segundos después.

Una sonrisa triunfante, y burlona a la vez, se estiró por sus carnosos labios, mientras comenzaba a caminar en mi dirección. No tuve tiempo de huir, o siquiera moverme, cuando tomó mi muñeca y me sacó de mi escondite con brusquedad.

—Te encontré, Pequeño ángel—habló sonriéndome y acercando su rostro al mío, enredando su brazo en mi cintura y pegándome contra su pecho—. ¿Adónde creías que ibas?

—Yo…—me interrumpe, pasando su nariz por la piel de mi mejilla.

—Hueles increíble—mi piel se erizó cuando mordió mi oreja suavemente. Al darse cuenta de mi reacción, soltó una risa ligera—. ¿Tan rápido te haz vuelto tan sensible?

Respiré con fuerza, mientras su agarre en mi cintura se hacía aún más firme. Apartó el cabello oscuro de mi cuello y clavó sus colmillos con fuerza. Solté un grito de dolor, mientras apretaba mis manos en su chaqueta. Algunas gotas del líquido caliente resbalaban hasta mi pecho, manchando mi camiseta.

Cuando se separó de mí, tenía una mueca de satisfacción en el rostro. La luna hacía que sus colmillos gotearan plata, en vez del rojo carmín desbordante, que era la base de su obsesión. Pasó su pulgar por las heridas recién abiertas, manchándose de sangre.

—¿De verdad creías que no te encontraría?—lamió su dedo y cerró los ojos, con una expresión de satisfacción—. Eres demasiado dulce, Ángel.

—¿Por qué no me dejas en paz? Puedes tener a cualquier mujer que desees, ¿Por qué yo?—pregunté ingenuamente, por lo que él soltó una risotada.

—¿Esto responde tu pregunta—y volvió a morderme, pero esta vez clavó sus colmillos en mi labio inferior.

Empezaba a sentirme mareada, por lo que me ví obligada a enredar mis brazos en su cuello, para no caer. Él sonrió, bajando sus labios hasta, justo debajo, mi oreja. Depositó un beso, y luego clavó sus colmillos con más fuerza que nunca. Me abracé más a él, ante la dolorosa sensación.

—Quiero que mis colmillos sean lo único que sientas, Ángel—habló, antes de moverse hasta mi clavícula y morderla.

Repentinamente se separó, y tomó mi barbilla entre sus fuertes dedos. Levantó mi rostro de un tirón y juntó sus labios con los míos. No tenía idea de cómo reaccionar, pero él estaba haciendo todo el trabajo.

—¿Que por qué no te dejo en paz?—preguntó pegando su frente con la mía—. Porque tú sólo me perteneces a mí, no permitiré que nadie toque lo que es mío.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, mientras buscaba, desesperadamente, una forma de salir de esto. Pero sabía que, no importaba a donde fuera o con cuántas fuerzas huyera. Jamás podría escapar de él.

—Perdiste todo, en el momento que aceptaste esa rosa—Habló con una sonrisa burlona, apartando un mechón de cabello de mi rostro—. Oh, Dulce Ángel. Desde ese momento, tu cuerpo, tu alma, tu sangre y cada mísera parte de ti, pasaron a ser de mi propiedad.

Hice el vano intento de alejarme, pero su fuerza triplicaba la mía. Estaba condenada, para toda la eternidad. Paseó sus ojos azules por los alrededores del almacén con grandes ventanales, parecía alerta y sospechoso al mismo tiempo.

—Volvemos a casa—se dio la vuelta y aferró sus dedos a mi muñeca con toda su fuerza, para tironearme.

—¡¡Prefiero morir a volver contigo!!—grité y el sólo rió con fuerza.

—Ni en la muerte dejaré de perseguirte—habló sin dejar de tironearme—. ¡Entiende! ¡Nunca te alejarás de mí!

Rogaba por alguien, alguna persona o alguna señal. Alguien que se apiadara de mi alma y me sacará del embrollo en el que me había metido al captar una maldita rosa que me ofrecía un extraño con aspecto de ángel.

—Desde el primer momento que te vi, sabía que serías de mi propiedad. Acostúmbrate—dijo mostrándome una sonrisa colmilluda.

Sus ojos se fueron transformando de un segundo a otro, ya no me miraba un azul brillante. Ahora era un negro tan oscuro como la noche y llenos del sadismo que lo rodeaba.

Sus ojos eran las ventanas a su oscura alma.

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