UNA LEYENDA URBANA

Según las comodidades, los hoteles se clasifican por estrellas. Así, un hotel de 5 estrellas, es un buen hotel que ofrece muchas comodidades a sus huéspedes… claro que así mismo es el precio….

Un hotel de una estrella, está mas bien estrellado; uno de dos, es una posada de mala muerte; si es de tres, la cosa mejora pero con muchas deficiencias. De cuatro en adelante, la situación cambia y uno se siente cómodo, recibe una buena atención y tanto las instalaciones locativas como la dotación son de buena o excelente calidad, o, por lo menos así debería ser.

La mutación del sistema hotelero en los últimos años ha sido grande, por ejemplo: antes uno llegaba al hotel y le entregaban una llave unido a un enorme llavero con una cadena de bolitas, de esas de halar inodoros antiguos, en un elegante plástico de color fuerte, con el número de la habitación impreso en grandes caracteres. Esa llave solo servía como lo que era… llave para abrir la habitación. Ahora, le entregan en un sobre, una tarjeta de PVC con una banda de seguridad, pero que sirve para lo mismo que la llave: abrir la puerta de la habitación. Si no se es experimentado viajero, seguramente la introduce al revés y el botón que anuncia que el ingreso a la habitación esta listo, sigue en rojo y… usted afuera.

Pero eso no es todo, después de varios intentos logra una luz verde y rápidamente se introduce a ese espacio por el que está pagando una suma de seis dígitos y, ¡OH sorpresa! NO HAY LUZ…. revisa el baño… tampoco. La lamparita de la mesa de noche ¡NADA!…¡¡¡¡¡¡¡EL TV NO ENCIENDE!!!!!!!!!!   Llama a la recepción urgiendo un cambio de habitación inmediato pues.

¡¡¡¡¡¡QUE HOTEL TAN CARO Y TAN MALO!!!!!!.

Sube un joven muy atento y le pide la tarjeta que, hasta ahora recuerda, dejó introducida en la hendija de la puerta y él, muy orondo, la mete en un pequeño cajoncito que hay a la entrada  y milagrosamente  “se hace la luz” y la TV funciona. Después de ese “oso” tan peludo, usted decide desprenderse de una buena cantidad de circulante, para que por solidaridad, el muchacho se calle la boca y no divulgue su ignorancia.

En días pasados nos reunimos en mi ciudad, que es una pequeña pero hermosa población, capital de departamento, en la que existen varios hoteles coloniales y, uno de ellos, fue en su momento un antiguo monasterio hoy adecuado como hotel y ahora administrado por una conocida cadena hotelera que maneja muchas estrellas. Debieron realizarse ajustes a la antigua estructura para hacerla funcional y apta para el servicio hotelero.

Precisamente a ese hotel llegaron los participantes a un evento organizado por mi empresa y dos de las asistentes, una pastusa y la otra Boyacá, se alojaron en la misma habitación de ese hotel, que según decían huele a moho de fantasma.

Por el invierno tan crudo de los últimos días el acueducto tuvo problemas en la bocatoma y el servicio fue suspendido hasta las 3 de la mañana, del día siguiente a su arribo. Cuando se levantaron, muy temprano pues el trabajo empezaba a las 8 a.m., la amiga pastusa tomó el primer turno para ducharse y una vez en la tina abrió la llave, con tan mala suerte que no salía agua por la ducha ubicada en la parte alta y solo un triste chorro manaba del conducto de abajo…. Ante esta situación, llamó a voz en cuello a la Boyacá quien a su vez se apresuró a pedir ayuda en la recepción. Al cabo de unos minutos (40 más o menos) acudió el técnico del hotel, quien después de hacer evacuar el baño, dijo a las viajeras que no era posible solucionar el problema por lo que debían bañarse en otro cuarto, obviamente desocupado, que quedaba al final del corredor a unos 25 o 30 metros.

Cuentan las camareras y uno que otro pasajero, que ese día se vieron a dos serias señoras con el cabello enrulado que llevaban por todo vestido una toalla que cubría lo indispensable y en las manos algunos afeites y ropa interior,  deambular por los pasillos sin rumbo fijo, solicitando en las diferentes habitaciones un poco de agua para satisfacer algunas necesidades primarias.

Dicen también, que después de lograr su cometido llegó a la habitación el representante de Bucaramanga, preocupado por la demora y al conocer la aventura de sus amigas, les explicó y demostró cómo funcionan esas misteriosísimas  llaves del agua en las duchas, que cambian el curso del líquido con solo subir una pequeña palanca en la base del tubo. Cuando estaba haciendo la demostración un gran chorro de agua cayó sobre su cabeza, ratificando de esta forma que sus indicaciones eran correctas.

Ahora la leyenda urbana de este hotel es que un hombre totalmente mojado, pero vestido, persigue por los pasillos a dos agraciadas damas cubiertas sólo por dos diminutas toallas blancas del hotel cada vez que se suspende el servicio de agua en la ciudad.

Fin.

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