Viví… Otra Vez

Caía lenta y fría aquella noche oscura.
Mis venas palpitaban, como susurros, los latidos más desesperantemente débiles, que jamás haya sentido alguna vez.
Mis manos temblorosas ante el ventanal de mi habitación, sostenían la última oportunidad en este mundo loco y agobiante… Mi mundo.
La lluvia ahogaba el paisaje de árboles desnudos por el crudo invierno, quienes seguían en pie aún frente a las más amenazantes tormentas.
Yo quería ser como ellos… Algún día quise ser como ellos.
Pero las tormenta de mis miedos azotaban mis intentos, y mis dudas mordían como una cobra mis talones.

Me rendía; y como la más oscura de las noches, tuve miedo.

Dejaba al filo de un par de vidrios rotos la desición entre el Cielo y la Tierra. Mientras la muerte se prendía un cigarro y brindaba un trago en su honor.
La soga marcaba el delgado límite entre quedarme y partir. Soga que tiraba un poco más hacia el adiós…

Y tuve miedo.

Miré mi imagen cadavérica y frágil en un espejo roto que antes odiaba escuchar. Al que nunca conformé, aún dejara mi carne desprenderse de mis huesos y mi estómago revolcarse en la nada.
Ahora me hablaba para advertirme que mi reloj se quedaba sin arena, y el ángel negro me miraba desde afuera indiferente a mi dolor.
Las gotas frías de sudor se convertían en gritos frustrados y angustiantes, y recorría mis muñecas un helado escalofrío color escarlata, que ardía dentro mío y se congelaba al salir.

Y tuve miedo… Miedo de mi.

Porque la cordura se escapaba junto con mis ganas, y el deseo irrazonable de reír con la Muerte me admiraba.
Mi cuerpo caía al suelo y el demonio ventajoso se acercaba riendo triunfante por ser anfitrión de mi aliento. Pero, si algún día creí en los milagros, este no fue la excepción.
Ahora la vida tomaba la soga y tiraba para quedarme, y una lucha entre el ahora o nunca estallaba en mi cuerpo; los galopes internos se alertaron, y como un caballo con hambre de guerra, corría la esperanza a su encuentro con las venas.

Y viví… Una vez más tomaba una carta en el juego y volteaba los dados para volver a empezar… Y viví y no tuve miedo; no tuve miedo más que el de vivir, y ese miedo se convirtió en esperanza, y esa en libertad.

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