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CORRUPTA

El banco esta rodeado. Puedo escuchar las sirenas de las patrullas. No quiero imaginar cuantas armas, estarán en este preciso instante apuntando hacia la entrada del banco. Nos tienen a todos arrodillados. He tardado un momento en comprender quienes eran «ellos».

– ¡Nadie tiene que morir en esto, solo queremos mandar un mensaje! – Explico uno de los terroristas. No estaba seguro de cuantos eran. Cuando empezaron los disparos conté a 10 de ellos. Vestían trajes negros y mascaras que representaban rostros de diferentes aves. – ¡Este país es grande, pero su gobierno, y su gente, no deja que avance! – Agrego el terrorista.

Uno de ellos estaba sangrando. Definitivamente eran heridas de bala. No debía estar de pie, nadie que fuera humano, aguantaría algo como eso. Pero obviamente él no era humano, al menos no completamente, al igual que los otros 9 terroristas. El terrorista herido se quito su traje negro, revelando un torso pálido, desgarrado por demasiadas cicatrices, unas viejas, y otras más recientes. Las heridas de bala seguían sangrando.

– ¡Damas y caballeros, esto es un milagro, y el gobierno insiste en que lo veamos como algo opcional, dándole la oportunidad a las grandes religiones, para que intervengan en nuestros asuntos políticos! – Indico el terrorista, mientras ayudaba a su compañero a despojarse de toda su ropa. El terrorista herido, era un cambiado, y por su apariencia, debía ser un niño de menos de 18 años, cuando se inoculo con el suero. Obviamente de forma ilegal, ya que solo los mayores de 25 años, pueden inocularse el suero de forma legal. – ¡Este es mi hermano, Abdiel, y al igual que yo, decidió abandonar la fragilidad de la vida, estando muy joven! – Lo presento el terrorista. Una mujer a mi lado empezó a llorar.

El terrorista fijo su atención en la mujer que lloraba a mi lado, y luego me miro a mi. Supongo que le llamamos la atención por nuestra avanzada edad. Yo tengo 50 años, y la mujer a mi lado, debe estar en los 60. No podía ver su rostro, a causa de la mascara, pero algo me decía que estaba sonriendo; debe estar preguntándose por que algunas personas deciden envejecer, en lugar de tomar el suero.

– ¡Fuera máscaras! – Ordeno el terrorista. Sus ocho colegas, obedecieron. El terrorista desnudo y herido, solo observo en silencio. Las respiraciones se aceleraron entre todos los rehenes. ¿Acaso por eso, tomaron el banco? ¿Porque saben que aquí todos estamos vivos? – ¡El gobierno, gracias a la intervención de las religiones, nos dejan elegir, algo que debe ser obligatorio! – Indica el terrorista, antes de avanzar hacia un gran baúl negro, que habían colocado en el centro del banco, frente a todos los rehenes. Abre el baúl, y revela más de cincuenta dosis del suero. La inmortalidad, embotellada frente a nuestros ojos. – ¡El mundo ha cambiado, desde hace más de 80 años, y es hora de que nosotros cambiemos también! – Advierte el terrorista. Estoy asustado. Igual que ese día en el hospital, cuando me diagnosticaron con cáncer de huesos, igual que el día en que me reuní con un doctor, con mi esposa esperándome afuera de la oficina, mientras rechazaba el suero.

– ¡¡Malditos muertos!! – Grita un hombre entre los rehenes. Se levanta, y señala al terrorista que parece ser el líder. – ¡¡Somos dueños de nuestras decisiones, todos nosotros, y decidimos vivir, y morir, igual que nosotros ancestros!! – Agrega el obeso rehén, quien vestía una camisa blanca, y unos pantalones de tela marrón. – ¡¡La verdadera inmortalidad, no es de este mundo, esta en el reino de Dios!!

Una ráfaga de balas impacta contra el frágil cuerpo del obeso rehén. Todos gritamos. Trate de cerrar los ojos, pero estaba demasiado asustado. No pude evitar orinarme en los pantalones. La mujer que tenia a lado, me toma de la mano. No me atrevía a mirarla, mis ojos estaban congelados, observando al rehén desangrándose en el suelo. Una mujer entre los terroristas se ríe. Ya había visto su rostro antes en las noticias. La llaman «CORRUPTA». Es una cambiada. Una muy peligrosa.

– ¡¡Dime gordo!! – Exclamo la terrorista, a la que llaman CORRUPTA. – ¡¡Ahora, te demos a escoger… ¿la vida, o la muerte?!! – Pregunto la terrorista, con el cañón de su ametralladora aun humeante.

El terrorista líder, hace una señal, y uno de sus secuaces, toma una jeringuilla del baúl negro; avanza a paso lento, con todos los rehenes observándolo. Todos podemos escuchar la respiración entrecortada del rehén al que le acababan de respirar.

– ¡Déjalo, que elija! – Grito el líder. El rehén, agonizando levanta la mano, y con sus pocas fuerzas, golpea la jeringuilla, lo más lejos que puede.

– ¡Te atreves a rechazar este milagro! – Grita CORRUPTA.

– Administrarle el suero de todas forma, – ordena el líder. Cierro los ojos, y trato de no escuchar los lamentos de aquel hombre.

– ¡La inmortalidad no es opcional, perros! – Nos insulta CORRUPTA. La terrorista, se desnuda frente a todos nosotros, y nos muestra su piel surcada por cortes y cicatrices. Una herida en forma de «Y», igual a la que recibían todos los cadáveres luego de una autopsia, se extendía a lo largo de su torso. Ella lucia aquella cicatriz como si de una medalla se tratara. – ¡La muerte, ya es cosa del pasado, ahora somos ángeles! – Anuncio CORRUPTA, mientras desfilaba desnuda frente a nosotros. – ¡Pasamos siglos buscando a Dios en las alturas, y resulta que siempre estuvo debajo de nosotros, durmiendo bajo nuestra ciudad! – Aseguró CORRUPTA. Ya antes había escuchado que ella estaba loca. En las noticias se decía, que su comportamiento anormal, se debía al avanzado estado de descomposición de su cerebro.

CORRUPTA, la igual que sus compañeros, se inoculo el suero de forma ilegal, y todos los que toman el suero, están obligados a realizarse al menos 7 sesiones de hidrolización al año, para evitar los efectos más dañinos de la descomposición. Todos ellos son fugitivos, declarados de alta peligrosidad por el gobierno, es por seso, que no puede acceder a las dosis de hidrolización con una frecuencia normal. Se dice que algunos efectos de la descomposición pueden revertirse con el tratamiento adecuado, sin embargo, cuando el cerebro se ve afectado, el daño es permanente.

– ¡Ahora les toca a ustedes! – Me señala CORRUPTA; a mi, y la señora que me esta sujetando. – ¡De pie, les daremos la opción a ustedes, igual que con el gordo, solo que ustedes ya saben lo que sucederá si dicen «no»! – Nos advierte CORRUPTA. Noto, que la mujer a mi lado, sostiene en su mano libre, lo que parece ser un rosario.

– !Tenemos a una creyente! – Grita el terrorista líder. – ¡¿Cuantos «Padre Nuestro» has rezado hasta ahora?! – Pregunta en tono burlón. La mujer no contesta. Él vuelve a enfocar su mirada en mi. – ¿Y usted, señor, como se llama?

–…Alan…– tartamudeo; CORRUPTA se burla de mi, – soy Alan… Mendieta…– repito; y la última discusión que tuve con mi esposa, vuelve a mi mente. Ella estaba llorando, estaba molesta, porque había rechazado el suero. – ¡Yo…! – Intento hablar con mas fuerza, fingiendo ser el hombre valeroso que nunca he sido. – ¡Yo… soy Alan Mendieta… y tengo cáncer… y ya no hay tratamiento… estoy en fase terminal! – No podía creer lo que estaba diciendo. – ¡Y, estoy listo para morir! – No sé, porque dije eso. Solo vine al banco a poner mis asuntos financieros en orden. Ya estoy listo para dejar este mundo.

Los terroristas se miran confusos. La mujer que me aprieta la mano, me acaricia con los dedos, como si de alguna forma tratará de reconfortarme. El líder, y CORRUPTA, me miran divertidos, como si fuera un chiste viviente.

 

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Autor: Andys Javier Montenegro Mendoza ([email protected])

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SEMINARIO

 

– ¡Continuando con los puntos concernientes a la jornada matutina, les pido un fuerte aplauso para la Magister Verónica López! – Anunció el moderador. Verónica se levantó de su asiento, con aquella actitud orgullosa y elegante que la diferenciaba entre sus colegas. – ¡… Licenciada en Derecho y Ciencias Políticas, egresada de la Universidad Oficial, con Maestría en Derechos Civiles Modernos…! – Exclamaba el moderador, en medio de los atronadores aplausos que seguían a Verónica, hasta la tarima, en la que se hallaba la mesa alta de los expositores. La profesional vestía un elegante conjunto de falda negra y blusa blanca, acompañado por un saco oscuro que resaltaba con su cabello rizado. A pesar de ser joven, Verónica, demostraba una seguridad que resultaba amenazadora para muchos hombres.

La prestigiosa expositora, saludó uno a uno a todos los expositores, mientras el moderador seguía leyendo la interminable lista de títulos, post grados, maestrías y doctorados, y cuando se pensaba que había concluido, este, saco otra lista, pero ahora, para leer todos los libros, folletos, y artículos publicados por la expositora. Otra tormenta de aplausos estalló, y Verónica, solo pudo inclinar la cabeza levemente para agradecer por aquel agradable recibimiento.

Ni los expositores, ni el moderador, ni ninguno de los más de 2,000 participantes del seminario, se percataron de lo nerviosa que estaba Verónica, y aún si lo hubieran notado, se lo acreditarían a su notable humildad. Nadie se imaginaría que ese día, Verónica buscaba revelar la verdadera naturaleza de los gobernantes; o por lo menos, no lo buscaba directamente, pero sabía que aquello era una consecuencia inevitable.

– Muchas gracias por ese cálido recibimiento, – saludo con elegancia, la expositora, esbozando una tímida sonrisa. – Como deben saber, el consejo académico, me ha pedido que les hable acerca de los modernos derechos civiles. – Explicó, mientras daba una rápida mirada por el auditorio, ubicando a las principales autoridades de la universidad y a las figuras políticas invitadas. – Hace 20 años, hablar de “nuevos o modernos derechos civiles”, resultaba casi una burla, puesto que en esta rama del derecho, no hay nada que no se haya escrito, o de lo que no se haya discutido antes.

El público respondió con risas tímidas ante lo que pensaron, debía ser un chiste improvisado. Verónica, hizo una pausa, y luego enfocó sus ojos en el Ministro Aníbal Pedrosa, encargado del Ministerio de Seguridad Pública, un hombre de unos cincuenta años de edad, obeso, y vestido con un traje muy costoso, que obviamente no superaba el costo del tratamiento para el cuero cabelludo, con el cual, ahora lucia en cabello mas abundante y fuerte que el de cualquier adolescente. – Antes de empezar, quiero disculparme. – Indico Verónica; apretó sus labios rojos con delicadeza, como si tratara de aguantar las palabras. El público hizo silencio. – Ya deben haber escuchado sobre el elixir, y tal vez algunos de ustedes, ya pensaron en inocularse esta sustancia. – Verónica, notó de inmediato la incomodidad en el público. Escuchó los murmullos a sus espaldas, procedentes de la mesa de expositores.

– Creo que también lo llaman «el suero», – aclaró Verónica; mientras observaba casi con satisfacción al Ministro Aníbal, quien luchaba por levantarse de su butaca. El ministro forcejeaba con su propio trasero, que le impedía incorporarse. – ¡Ministro Aníbal… esta exposición aun no termina! – Llamó su atención Verónica. El hombre la miro entre asombrado y molesto. El resto de los presentes dirigieron sus curiosas miradas hacia el obeso Ministro.

– ¡Ministro Aníbal! – Se dirigió Verónica al Ministro, una vez más. – ¿Puede explicarme, lo que es una Acción de Inconstitucionalidad?

– Mi estimada… Verónica… – tartamudeo el ministro, intentando ocultar un chillido temeroso en su tono de voz – creo que debemos… discutir esto en privado… – agrego el ministro; la blanca y costosa camisa que llevaba bajo el saco, se le empapo casi de inmediato a causa del sudor, aun a pesar del aire acondicionado. – Comprendo que… estas molesta, por la decisión que emitió el Tribunal Superior…

– ¡¡NO HA CONTESTADO A MI PREGUNTA!! – Grito Verónica. Las autoridades, los colegas, los clientes, y los compañeros de trabajo, miraron asombrados aquel cambio de actitud, en la generalmente serena personalidad de Verónica.

– No hay ninguna falta, a la constitución…– aseguro el ministro. Finalmente había logrado incorporarse, pero esto solo había servido para llamar más la atención del público, que inmediatamente ubicaba sin problemas su obesa figura. Las luces del salón, siempre enfocadas al expositor, ahora se dividían en dos columnas de luz, la primera enfocando a Verónica, y la segunda al ministro.

– ¡¡ENTONCES AL MENOS SABE LO QUE ES LA CONSTITUCIÓN!! – Grito Verónica una vez mas. La elegante expositora hizo una pausa y trato de respirar, pero en su voz, se podía percibir su ira. – ¡Creo que les debo una explicación! – Dijo, ahora dirigiéndose al público. Reanudando su tono de voz, adecuándolo al de una expositora normal. – ¡Deben estar pensando, que probablemente soy la amante despechada del ministro, haciendo una escena frente a todo el país, para dejarlo como la miserable rata que es! – Agrego Verónica sin dejar de sonreír.

– Verónica, por favor…– intento hablar el ministro.

– ¡¡CIERRA EL MALDITO HOCICO, PERRO ASQUEROSO!! – Grito Verónica.

– No tengo, porque soportar esto…– intervino el ministro nuevamente, antes de empezar a dar disculpas, a aquellos que estaban a su lado, mientras buscaba dejar atrás semejante bochornoso evento.

– ¿Cuantos magistrados compraste? – Pregunto Verónica. El público guardo silencio, y el ministro se detuvo, sin mirar a su interlocutora. – Cuando presente ese recurso de inconstitucionalidad, el mismo iba con pruebas, informes médicos, estudios psicológicos y químicos, de lo que ese suero, le está haciendo a la gente, y ahora resulta que no hay pruebas, y peor aun, resulta que mi recurso se refleja en el sistema, como si nunca se hubiera presentado.

–… si tiene algo que denunciar… hágalo ante las autoridades competentes…– tartamudeo el ministro una vez más.

– ¿Se refiere a la magistrada Ponds, al magistrado Olivera o al magistrado Carmilo? – Pregunto Verónica. Una mujer en la multitud grito. Varios hombres armados habían subido a la tarima en la que se encontraban las mesa de expositores.

Con ametralladoras en mano, hicieron que todos los expositores y las otras autoridades se levantaran dejando la mesa vacía. Ahora aquellos que dirigían el seminario, habían pasado a formar parte del público. Los hombres armados seguían las ordenes de Verónica, y solo hizo falta un gesto de esta, para que trajeran a los magistrados antes mencionados, atados a camillas verticales, como si transportaran a peligrosos pacientes con serios desequilibrios mentales. La magistrada Olivia Ponds, una mujer delgada y pálida, con un largo cabello castaño de casi sesenta años, completamente aterrada, presidia la morbosa procesión; seguida por el magistrado Mario Olivera, un hombre alto en sus cuarenta y tantos años de edad, completamente calvo, el cual llego inconsciente, y con la camisa blanca manchada de sangre. Finalizaba la reunión de rehenes el magistrado Jaime Carmilo, el más joven entre los tres, y al cual llevaban casi desnudo, solo con los calzoncillos para cubrir sus partes intimas; este también estaba inconsciente.

– ¡Verónica, que has hecho! – Exclamo el ministro Aníbal. No paso mucho tiempo, para que la palabra terrorista se escuchara entre las personas del público. Ni uno solo de los espectadores se atrevió a levantarse de su butaca. No necesitaban que Verónica lo dijera, ahora todos, son rehenes.

– Siéntese ministro, esta disertación a penas esta comenzando, – advirtió Verónica. El ministro se orino en los pantalones, las personas que estaban a su lado lo notaron, pero ninguno intento ayudarlo, cuando este intentaba sentarse nuevamente.

– ¿En que estábamos? – Pregunto Verónica, como si le hablara a alguno de sus salones de clases. – ¡Ha claro! – Exclamo sonriendo, mientras le dedicaba una lenta mirada a los rehenes que permanecían amarrados a las camillas verticales por encima de la tarima. – Estaba por mostrarles la realidad de aquellos que nos gobiernan.

Verónica subió a la tarima, y se coloco a un lado de la magistrada Olivia Ponds, quien la observaba con ojos suplicantes. En el gran salón habían al menos 2000 espectadores, y por lo menos 50 hombres fuertemente armados al servicio de la expositora. Verónica retiro la mordaza que tenia la magistrada, y esta en seguida imploro por su vida, pero solo recibió una fría mirada de aquella mujer con la que había trabajado tantas veces en el pasado.

– ¡Verónica, por favor! – Suplico la magistrada Ponds. – ¡Esta no es la solución!

– Fueron ustedes, los que me obligaron a llegar a este extremo, – aclaro Verónica, – no hay vuelta atrás, el pueblo debe saber lo que están haciendo.

– Soy tu mentora, – comento la magistrada nerviosa, – tu misma lo has dicho, – le recordó; pero solo recibió otro fría mirada por parte de Verónica.

– No sé lo que eres ahora, – advirtió Verónica, – pero estoy segura que no eres la mujer que conocí en la universidad; ni siquiera estas viva.

Varias mujeres en el público lloraban desconsoladamente, mientras sus esposos y compañeros trataban de calmarlas. Los soldados con uniformes oscuros, recorrían los amplios pasillos que atravesaban las hileras de butacas. Al final de cada pasillo, una extraña maquina con afilados ganchos, bloqueaba cada salida del auditorio. Las personas preferían no mirar aquellas raras maquinas.

– ¡Como les mencione inicialmente, el elixir o suero, es la nueva promesa del gobierno, supuestamente para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos! – Explico Verónica; mientras sacaba un largo trapo blanco, con el cual procedía a cubrir los ojos de la magistrada Ponds, que luchaba en vano por liberarse de la camilla. – ¿Sabe alguno de ustedes, exactamente cuales son los componentes de este suero? – Pregunto, Verónica, pero obviamente nadie se atrevió a responder. – ¡Ministro Aníbal, explíquenos que es esta sustancia a la cual llaman «el suero», y cuales son sus «beneficios»!

– Lo que diga…. solo lo desmentirás…– contesto el ministro, intentando demostrar un valor que no tenia. –… el suero, es un milagro de la ciencia moderna… es algo que cambiara el mundo…

– La segunda guerra mundial, cambio al mundo, – le recordó Verónica, – al igual que las bombas arrojadas en las ciudades japonesas de Nagasaki y Hiroshima, o el accidente nuclear en Chernobyl. – Verónica, hizo una señal con las manos, y en seguida uno de los soldados, llego a la tarima, llevándole un largo cuchillo plateado. – ¿Sabe que otra cosa cambio al mundo, Ministro? – Pregunto Verónica una vez más, mientras sujetaba con manos temblorosas aquel cuchillo. – El descubrimiento de la energía nuclear; estamos de acuerdo en que el mundo cambio… pero no para mejor.

El silencio en el auditorio, solo se interrumpía por los pasos de los soldados armados, y los gemidos suplicantes de la magistrada Ponds, puesto que los otros magistrados seguían inconscientes. Verónica, tomó el cuchillo plateado y lo enterró sin contemplaciones en el abdomen de la magistrada. Las personas en el público gritaron aterradas ante la ejecución pública; algunos hicieron el ademan de levantarse, pero los soldados armados, se encargaron de borrar cualquier idea arriesgada de la mente de los espectadores. Verónica, trazo varios cortes, dejando expuestos los intestinos de la magistrada que se hacia llamar su mentora. La sangre fluyo por la herida abierta, y se derramo sobre la tarima de los expositores, mojando la falda y las medias de la víctima.

– ¡Estas son las maravillas del suero! – Anuncio Verónica; hizo un nuevo gesto, con el cuchillo ensangrentado, y otros dos soldados, emergieron desde la multitud para asistirla en aquella macabra labor. Usaron cuchillos plateados, y de la misma forma, abrieron los vientres de los otros dos magistrados.

Una persona en el público, no logró contener las nauseas, y termino volcando su almuerzo medio digerido sobre la costosa cabellera del Ministro Aníbal. Verónica, rebusco dentro del cuerpo abierto que tenia al frente, y luego tiro de los intestinos, como si de una soga se tratara. Hizo otro gesto, y sus leales soldados procedieron a arrastrar las grotescas maquinas situadas el fondo del salón. El público pudo ver mejor las maquinas. Muy pocos profesionales, abrían podido reconocer aquellos aparatos de tortura medievales, empleados para arrancar pedazos de los intestinos, mientras la víctima aun estaba viva. Los espectadores gritaban aterrados, mientras la expositora, y los otros dos soldados, tomaban aquellos intestinos y los envolvían en las espinas relucientes de aquellas maquinas.

– ¡Olivia, Mario, Jaime! – Llamo Verónica. Los tres magistrados se retorcían en aquellas camillas verticales, con los vientres abiertos y la sangre brotando sobre la tarima. – ¡Esto, es lo que ofrecen al pueblo!

El público presencio asombrado, que los tres magistrados aun seguían vivos a pesar de aquellas heridas mortales. – ¡Vamos, muéstrenle al pueblo lo que son ahora! ¡Que la gente vea! – Anuncio Verónica. Uno de los soldados, libero a la magistrada Olivia. Le gente esperaba que la mujer cayera delirando a causa de la mortal herida, pero nada de eso sucedió. Olivia, se quito la venda, y estaba perfectamente bien. Se movía, sorprendida, pero no adolorida. La mujer, inicialmente trato de recuperar sus intestinos, pero al ver que no era posible deslindarlos de aquellas maquinas, opto por retirarse el resto de los intestinos que aun quedaban en su vientre. El espectáculo fue tan horrendo, que los desesperados académicos solo guardaron silencio, mientras Olivia, intentaba dejar el escenario, aun con tiras de sus intestinos, colgando de la herida abierta.

– ¡Déjenla! – Ordeno Verónica, cuando vio que uno de sus soldados intentaba bloquear el paso de la magistrada. – ¡Hay cámaras afuera! ¡Quiero que el mundo la vea, tal como lo que es! – Indico Verónica.

Olivia, no pidió auxilio, no lloro, no gimió; su sangre seguía manchando el suelo, pero esta, parecía más avergonzada, que asustada. Aquello no era posible, y aun así, todos lo estaban viendo. Una ciudadana que había ingerido el suero, y que ahora era inmortal… o tan inmortal como cabria pensar, luego de verla caminando con sus intestinos derramados por el escenario.

– ¡Dios santo, que es esto! – Exclamo alguien en el público.

– Esto, es el suero, – contesto Verónica, – el gobierno quiere inmortales, y ahí los tienen… ¡Mírenlos! ¡Cadáveres, caminando entre nosotros, fingiendo que aun están vivos! El suero, es una forma de negar nuestra propia naturaleza humana.

Mario, y Jaime, los otros dos magistrados despertaron; Verónica les dio la bienvenida, y como si se tratará de un juego macabro, les dijo que para irse, solo tenían que hacer lo mismo que la magistrada Olivia. El aterrador espectáculo se repitió dos veces más. Mario y Jaime, también habían ingerido el suero, y ahora eran inmortales, similares a Olivia. Verónica se entrego sin mayores inconvenientes, al igual que el resto de los soldados. No hubo ni un solo muerto entre los presentes. Ni siquiera Olivia, Mario y Jaime, murieron, ya que después de dos semanas, emitieron declaraciones, tratando de desmentir a Verónica, dejándola como una terrorista. Aun así, el pueblo supo, lo que buscaba su gobierno, muchos rechazaron el suero, cuando este se hizo público, pero muchos otros, aceptaron la sustancia, para volverse parte del macabro futuro.

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ESpERANZA Loca

Entre tus besos, muere cada latido de mi corazón y en mis labios presos, cautivados por unica razón.

Razón que siempre valió la pena defender, razón que tú nunca lograste comprender, una esperanza loca al creer que podias volver, si, volver, pero no a mi, si no que volviste a él.

Escrito por: Noel Rosales Aguilera.

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Recóndita Tenacidad

RECÓNDITA TENACIDAD

Con mano dura modela,
el pebetero estratagemas,
grises labios en la luna,
y dulces estrellas.

Delicadas tardanzas ajenas,
en busca de un gemido,
de ágata en la cintura,
con el perfil del consuelo.

Pintor, escultor y escritor,
huye de la abierta cerradura,
acuarela, olor de quebranto.
Y fija el dolor con ardor.

Demasiada nieve frágil,
es el horno del sueño.
Y haz las sirenas plumas rojas,
torciendo, al viento sereno.

De mil formas indomables,
a las horas deja quietas,
sin miedo, mudo, el acero,
mirando espejos vacíos.

Atento, al porvenir impío,
y sollozante, lejos de todo,
aprisiona las ventanas,
con gesto aventurero.

Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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Avinagrarse Cerúleo

AVINAGRARSE CERÚLEO

Es tarde, y la ansiedad crece,
bajo el rojo de las escaleras,
en la sombra, olor a viento,
y en el viento, dolor salado,
un grito palpitante desnuda,
y asciende la fragante luz.

No espera, no desea, no sabe,
que a nadie el cielo escucha,
que a nadie la tierra ignora,
ni siquiera la misma nada.
Por ello, su recuerdo ha muerto,
en el ocaso estéril y perplejo.

Hace ya tiempo, tan lozano,
que pasó la hora, diligente,
por ese grito, del vaivén incierto,
que lleva el cabello risueño,
y empuja sereno al sueño,
con la febril niebla noble.

Viene de un lugar, que embarga,
que hunde la voz del bosque,
y cosechas salvajes flores,
que están más allá del recuerdo.
Tanto que ha sembrado su ceniza,
soñando perlas y alfombras.

Seguramente ya no están,
secas, bajo el sol intactas.
Por eso duermen de pie,
los suaves muros del metal,
los inmensos devaneos riendo,
con el pobre sudor del fuego.

Autor: Joel Fortunato Reyes Pérez
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