Por Johnny el 13 diciembre 2010

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Era aquella tarde, en la que Vea me contaba, poco a poco, él como terminaba aquella historia que casi todos los días por las tardes, ella me lo contaba ó me la leía. Éramos muy buenos amigos, que a pesar de que ella fuera mayor que yo por meses; yo la veía con otros ojos, unos ojos de deseo, si, ella me gustaba mucho, desde los tres últimos años que la conocía, nunca me atreví a decirle nada, nunca le dije que ella me gustaba, nunca me le declaré, y creo que nunca lo haré. Y así, observando el atardecer que aun se veía desde aquel minúsculo andén, en la que nos sentábamos a leer, ó a contarnos cosas de la vida. Vea era muy hermosa desde el punto en la que yo la veía. Aun con mis 15 años de edad, Vea era la única amiga a la que yo le podía contar algo, lamentablemente no podía decirle nada sobre mis sentimientos, y que yo estaba enamorado de ella.
Al terminar la tarde, al desvanecerse el sol sobre aquel brillante horizonte, caminamos sobre la acera cubierta de césped, sobre aquellos montículos de forraje, que día a día se formaban gracias a las tempestades de lluvia.
Embrollando su brazo con el mío, caminamos paso a paso, como dos gotas de lluvia que se alejan de la corriente, que se alejan de la soledad, del inconformismo, y sobre todo del sufrimiento.
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Por Gustavo Merino el 5 octubre 2010

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III
Ella no cesaba de llorar.
Él no podía contener su alegría.
Ella extrañaba demasiado su cálido nido.
Él ya lo había abandonado hacía mucho tiempo.
Ella observaba el exterior con extrañeza.
Él miraba asombrado el interior.
Ella yacía desnuda boca abajo.
Él todavía estaba de pie y muy arropado.
Ella estaba recién bañada.
Él llevaba dos días sin ducharse.
Ella tenía la piel suave y tersa.
Él estaba calvo y poblado de arrugas. Continuar leyendo…
Por Gustavo Merino el 5 octubre 2010

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II
Para una niña anónima
Ella se despertó muerta de frío, cuando el día estaba despuntando, en el horizonte de chapas y fibrocemento.
Él amaneció sofocado por la estufa poco antes de que den las diez.
Ella desayunó un mate cocido con facturas del día anterior.
Él ingirió un café con leche, mientras su cónyuge le preparaba dos tostadas con queso y mermelada diet.
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Por Felipe el 4 octubre 2010

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¡Ahí!. Si… ¡Ahí!. ¡Estás ahí!. ¡Qué suerte encontrarte!. ¡Qué suerte volver a verte!. Eres parte de mi. Estás en mi, bien dentro de mi, como tantas cosas. Bueno, no como tantas cosas porque eres especial. Formas parte de las células de mi vida, pero de las células vivas e importantes de mi ser. Cada uno va creciendo, desarrollando su ser con esos pedacitos que pertenecen a otros. Tú eres uno de esos pedacitos…
Te miré y creo que te sonreí pero no obtuve respuesta inmediata. ¡Claro!. ¡Tantos años sin vernos!. ¡ Yo tan sin pelo…! . Y mucho más delgado dijiste. Claro. El tiempo pasa y no pasa en vano. Después… nuestros ojos se encontraron. Nuestras almas se encontraron y palpitaron de alguna manera, muy juntas. Muy juntas. Te brillan los ojos. Tus ojos. Y tienes la misma sonrisa que tenías cuando casi niña. Algunas canas se escaparon y delatan como en mi el paso del tiempo.
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Por Gustavo Merino el 26 septiembre 2010

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Por la lucha de Jorge
Ella había pasado casi todo el domingo en la cama, agobiada por sus problemas.
Él había sido dado de alta el día anterior.
Ella se despertó una hora antes del mediodía.
Él ya llevaba más de cuatro horas en pie.
Ella no tenía ningún interés en levantarse.
Él estaba agradecido de poder volver al ruedo otra vez.
Ella debía esperar dos primaveras para cumplir los cincuenta.
Él ya portaba dos otoños por encima de los sesenta.
Ella aún tenía tres hijos que criar.
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