Navidad 1999

Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas y es cansador para los niños tener que darles siempre y siempre explicaciones. *

Resultó ser una situación interesante la posibilidad de recorrer el mundo de una forma tan extraña como la que me tocó. No sé si será por la época del año o por la situación macroeconómica del área o si será por la coyuntura social o solo por los últimos avances y retrocesos de la ciencia y la tecnología. Varias veces en la vida tuve la oportunidad de sentir pasar por mi Alma, Mente y Cuerpo palabras e ideas tan extrañas y verdaderas que supieron llenar con grandeza esos espacios finitos de mi propio ser.

Siendo no me acuerdo realmente la fecha, aunque si la época del año, fin de la primavera, sentado en un roquerío de la playa en la que vamos con mis amigos, encontré una de las historias más interesantes de toda la vida del planeta. La persona que me la contó me recordaba a algún personaje de la ciencia-ficción europea con reminiscencias del James Bond de Sean Connery.

A continuación transcribo sus palabras de la forma más fiel posible, manteniendo el tiempo verbal y la persona:

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Bienvenidos al Palacio (segunda parte)

Si aun no lo has hecho lee la primera parte.

Punto de Vista A’

No encontraba el lápiz de labios, busqué en mi cartera y no estaba en la guantera tampoco. Ni debajo del asiento. O sea que lo debo haber dejado en el Hotel. O aún peor, en Cambridge.

Miré hacia el Palacio, que realmente era aterrador. No creo que alguien haya estado por aquí al menos en 80 años; hasta que ahora aparecemos nosotros, principalmente William, mi esposo, que parado frente a la puerta parecía un fantasma más tratando de entrar.

Sir William, como a veces le llamábamos, porque sabíamos que le incomodaba, recibió ese conjunto de piedras como herencia de la Reina Madre. La anciana maléfica no encontró nada mejor que hacer que cargar sobre William y nuestra familia con un Palacio olvidado.

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Bienvenidos al Palacio (primera parte)

Punto de Vista A

El chirrido de la puerta era aterrador. El movimiento suave, lento y de velocidad constante con el cual giraban las más que oxidadas bisagras, generaba ese sonido particular. Nadie lo hubiese pensado jamás, pero yo estaba allí.

El hecho de que la Reina Madre me hubiese nombrado Sir William a tan solo 13 días de su muerte me ponía los pelos de punta. Los Europeos eran muy creyentes en eso. No tenían piso trece, no se sentaban trece a la mesa y vaya a saber cuántas cosas más no hacían si se vislumbraba ese número cerca.

Pero eso no era todo. Cuando hace dos semanas llegó a Cambridge el abogado de la familia real con el testamento de la Reina Madre heredándome este palacio, habían pasado 666 días desde mi nombramiento como Sir William.

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