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Recuerdo esa última vez que nos vimos.
Fui a tu casa con algún pretexto bobo que cubrió la intención primordial, verte una vez más.
Al llegar noté que tu mamá no estaba en casa, mi cuerpo también lo supo y rápidamente corrió hasta la puerta de tu casa. 
Estando en ese lugar tan próximo a ti, fue inevitable deslizarme hacia días más alegres, más brillantes, más llenos de nosotros.
Al cabo de unos minutos regresé al presente, ahí estaba mí mano, haciendo ruido con la puerta de tu casa para que tus oídos pudieran escuchar y decirle a tus dos píes que acudieran hasta donde mi corazón esperaba por encontrar tus ojos. 
Y así fue. 
Y en tu mirada logré ver la misma gentileza y cariño que yo sentía por ti. También, algunas veces, una mirada distante salía desde tus pupilas y por
unos minutos llenó al aíre de fría distancia, y pude sentir lo lejos que ahora estabas de mi, aun tan cerca de los píes.
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