Jeremías Pescador…

Jeremías es viejo ya. Pescador curtido de horas salitrosas y solitarias a la orilla del mar. Heredó de sus padres el oficio cuando vivían allá en Punta del Diablo, en costas rochenses. ¡Qué tiempos aquellos!. Nunca dijo mucho su padre de sus antepasados y entoces esa parte de su historia personal es borrosa. Pero de niño se ve siempre en la tediosa tarea de colaborar en los remiendos de las redes que  tenían brechas que componer o encarnando al sol de la playa los interminables palangres. ¿ Y las gaviotas?. Siempre le fastidiaron con ese revolotear en torno a la mesa de faena que el viejo armaba bajo el reparo de un pedazo de lona desgastada. O cuando, sin más que hacer se agrupaban en bandadas cerca del agua y contemplaban en horas interminables el ir y venir de las olas… Algunas entonces, se acicalaban las plumas. Otras ni eso.  Mustias y silenciosas esta vez al sol.

 Madres, Jeremías tuvo varias y ninguna . Padre si, Don Tobías, como le decían todos. Nunca supo por qué las mujeres aquellas que llegaban al rancho de costaneros y que se hacían llamar mamá se transformaban en contacto con el aire y el salitre de Punta del Diablo y después sin aviso, desaparecían. Al comienzo se iban adelgazando más y más y al mismo tiempo sus pieles blanquecinas primero pasaban  por un arrebato rosáceo, se iban oscureciendo  luego y por último escamaban la piel renegrida, casi verdinegra. Cuando en sus últimas etapas en el rancho por casualidad sonreían ante una buena jornada de pesca o una áspera caricia de su hombre  sus dientes resaltaban en sus figuras escuálidas. Sus ropas elegantes e inapropiadas para el lugar se transformaban en girones irreconocibles luego.

¿Por qué todos estos pensamientos fluyen con fuerza hoy mientras descansa Jeremías al reparo del roquedal?.Cosas de viejo. En algo hay que pensar y cuando uno ya tiene sus años el futuro se estrecha, se estrecha tanto que no se avisora otra cosa que la muerte misma… En cambio, mirando hacia atrás… ¡Qué ancho y largo parece ya el camino recorrido!. Entrecierra los ojos y piensa que cuando aquellas mujeres abandonaban “las casas” como decía su padre ocurría siempre uno de dos acontecimientos desgraciadamente frecuentes, duros y trágicos entre los pescadores. A veces porque su padre había encontrado los recursos y algún motivo para agarrarse una borrachera que duraba bastante más de un día. En otras porque el mar enfurecido, levantando olas de más de seis metros de altura, había sorprendido a los pescadores lejos de la orilla. Cuando se trataba de una desmedida ingesta de alcohol difícilmente no salieran a luz algunas viejas desavenencias originadas por asuntos de negocios de la pesca o de  mujeres violentadas impunemente aprovechando la ausencia de sus maridos ocupados en las labores de pesca. Estas discusiones subían de tono y a veces se solucionaban con una simple pelea a  golpes de puño en un círculo que los contrincantes marcaban con cuidado en la arena existente entre el rancherío. En otras, en cambio, aparecían impactos propinados con pedazos remos o tajos que conducían a heridas profundas ocasionadas con útiles de pesca, afilados cuchillos, arpones… En estos casos el rancherío parecía sumirse durante muchos días  en un profundo  silencio  sólo interrumpido por el insesante vaivén del oleaje. Sin embargo la policía muy raras veces aparecía por el pueblo de pescadores. A las mujeres les estaba prohibido asistir a estas reuniones de hombres que festejaban frutos de su trabajo que semanalmente el acopiador transformaba en irrisorios pagos. Allí se arreglaban, a su manera, los problemas que la vida misma había creado para ellos: la reparación de las embarcaciones, la compra de insumos de pesca, el liderazgo en el mar para dar con los bancos de peces cada vez más huidizos y escasos.

Se acomoda ahora el bolso que trajo y que le sirve  de improvisada almohada. El sol de la tarde declina y  tenues líneas rojizas aparecen en el horizonte acomodando el lecho para su descanso. Jeremías recuerda entonces otros momentos de su niñez. ¿Por qué no hay en ella recuerdos de fiestas, de juegos con otros niños, de risas y música?. Concluye que a él le tocó jugar siempre solo no porque no hubiesen otros niños sino porque todos como él tenían siempre alguna tarea pendiente. Está ahora sin quererlo, en aquellas playas, prendido de la mano de su madre mirando al mar. El mar está oscuro. Oscuro como el cielo. Entonces parece que se juntan y no se sabe bien donde termina uno para comenzar el otro. Y lejos, muy lejos, un mástil y las velas que emergen y vuelven a sumergirse hasta desaparecer entre las olas embravecidas. Rostros desfigurados por el dolor y la angustia. Manos que se retuercen entre las ropas descoloridas. Otras manos que encienden velas a la virgen  y oraciones que se murmuran por lo bajo. Y la lucha en el mar continua. Por las velas se ve claramente que es la embarcación de Adalberto es la que viene más retrasada… ¡pero hoy no están todas!.  Después de interminables horas los pescadores llegan a la costa. Cuestan los amarres porque vienen muy cargados los botes. Salen desafiando el oleaje algunos viejos y algunas mujeres ayudando a los sobrevivientes de la embarcación de Don Tobías que se la ha  tragado el mar. Alguien soporta, tambaleando hasta la arena de la playa, a uno de estos náufragos… ¿ Y el viejo…?

Hace días que Jeremías va hasta la costa con el fin conseguir algo para mejorar su sustento y por más que ha cambiado de caña, de reel,  de carnada, nada ha servido. Que más arriba, que más abajo, que camarones, que ranas, que de mañana, que de tarde, que a la noche… ¡No hay pesca!. ¡Han desaparecido los peces de la Pedrera!. Es que ahora, ante la mayor demanda de pescado que ocurre todos los veranos, invariablemente, los barcos modernos, provistos de radares, de inmensas redes, no dejan nada en el mar. Es eso. Es eso, si.  Y los ojos, cansados ya, se van cerrando. Se van cerrando. Y el sueño lo apresa allí, en la costa, olvidando la caña que quedó esperando el pique. ¿No se dará ahora el ansiado pique de un pez inmenso, bien grande, como aquel que tuvo su padre cuando estaban construyendo la terminal de ómnibus?. Aquella vez algunos turistas le pagaron bien para posar junto a él y al enorme cazón, casi tan alto como él…

¿Pero qué es esto?. Ahora sí. ¡Ahora sí!. La caña se inclina y  el sedal se sacude… Allá a lo lejos parecen dibujarse unos círculos concéntricos en donde el anzuelo espera. Jeremías toma firmemente la caña y la sacude con fuerza hacia atrás.  Acciona con presteza el reel. Si. No hay duda. Se ha roto hoy la mala racha y hay un buen pique. ¿Pero qué sucede?. En la medida que el sedal se va enrollando hay como una energía extraña hacia el costado… ¡Qué raro!. ¿Qué pez será?. Fuerza los brazos y sus ojos van hacia el mar que rebulle claramente en el agitarse de la presa que busca denodadamente por escapar a una muerte segura y hacia la caña que teme se rompa, que no soporte los embates… Transpira. Por momentos se disipan las arrugas para aparecer, debajo del poblado bigote, una sonrisa desdentada .  Cuando la presa ya está cerca de la orilla Jeremías da unos pasos por la playa y calza sus botas en unas salientes de la roca para no caerse. De pronto una sombra en el agua dibuja un contorno redondeado. No es una corvina negra ni tampoco un cazón gigante. ¡Es una tortuga!. ¡Si!.¡Una tortuga!. Una inmensa tortuga que es jalada por la boca hacia la playa donde se han ido agolpando los curiosos. Para aliviar el dolor camina reticente y bate sus aletas… Todos contemplan con admiración al animal que está sujeto al sedal.

-¡Bravo!. ¡Extraordinario!.

-¡Qué pesca la tuya Jeremías!. ¡Qué pesca!…

_- ¡Yo quiero parte de ese botín!.¿Me darás una porción para una buena sopa, eh, Jeremías?. ¡Yo que soy tu amigo y a  los amigos no se les falla!.

Empujones. Gritos. Algunos niños corren por la arena de la playa. Se aglomeran las gentes. Todos quieren ver y cada uno da un destino distinto al hallazgo. Jeremías está satisfecho con la admiración de sus vecinos y sonríe ahora. Aparece en su rostro una figura fantasmagórica al sonreir sosteniendo una vieja pipa ennegrecida en un rincón de la boca, la barba irsuta y las arrujas en torno de los ojos acentuadas por ese gesto mezcla de sorpresa y alhago.

De pronto la tortuga abre una bocaza, como si quisiera dar curso a tremendo bostezo. Todos miran ahora ese cuello arrugado. Da pena esa vieja en tremendo trance. Cierra la boca y los ojos y vuelve a abrirlos. La totalidad de los curiosos calla ahora y miran espectantes. Entonces el viejo quelonio vuelve abrir bien grandes sus ojos y la boca y con tremendo e inesperado movimiento de una de sus aletas desprende  el anzuelo, sacude su largo cuello, da media vuelta y se encamina al mar. Esta vez, sin pensarlo y olvidando la prometedora sopa, la playa resuena en un atronador aplauso. Entonces Jeremías sonriente y pleno, una vez más, acomoda el bolso que le sirve de almohada…

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