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En la jaula

Le pedí muchas veces esa tarde que saliera de su sueño lejano, le inventé un nombre y lo agité infinitamente. Me llené la boca de elogios y rajé el espacio con ademanes, pero ella no salía del egoísmo de la modorra, y estiraba su traje de presidiario psicodélico, confeccionado con el color más puro de las pesadillas indias; entonces apelé a los saltos y las cabriolas, pero también fue un fracaso, no hacía más que fruncir el ceño complacida por la tarde. Yo sólo quería a esas horas; el brillo de sus ojos asiáticos, ser devorado por las profundidades de ese fuego, ser en ella por un momento. Quería bañarme no más en su amarillo, y preguntarle de paso, que traman las moscas cuando se frotan las manos.

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Cuando Duermes

Alguien dejó una ventana abierta y la brisa que sin nada que hacer en casa mueve la lámpara que pende del techo. Es como un gato jugando, y la luz mareada no sabe dónde pararse. Entre una vuelta y otra va rescatando lo que dentro de lo negro de la noche había caído.
Y es que en la habitación la oscuridad estaba encendida. La lámpara era una estrella en un cielo solitario, prendida de la misma oscuridad que parecía que queriendo saber lo guardado abriera un ojo, y la lámpara fuera ese ojo. Vio entonces las dolientes piernas de las sillas, las flores se dejaban ver marchitar en su florero, los vidrios fueron sorprendidos en su perversión y se escudaron en destellos. Al viento le abundaban dedos para impedir la tranquilidad y hacer constatar su excitación.
Pero la lámpara tiene la voluntad de movimiento en su corazón de aceite, que se mueve con retraso al lugar donde el aire ya partió, siempre apoyándose del lado contrario al vacío; divirtiéndose lo repite, lo vuelve hacer y bailan con ellas las polillas.

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Doña Maruja y los martillos

A doña Maruja Hernández siempre se le regalan martillos, no importa la fiesta que fuere; Navidad o cumpleaños, el día de su santo, aunque confieso no sé si existe una Santa Maruja, pero sí su segundo nombre, Antonia. Hasta la fecha tenía una pequeña colección de cuarenta y tres martillos, para ella era un misterio. En los primeros años de ese complot familiar, reunía todas estas herramientas en la mesa y trataba de disipar algún mensaje oculto, pero no encontró nada, y los martillos siguieron llegando. En suma los había de todos tamaños, con mangos de madera y de goma, también de hierro. Simplemente era un misterio que había acabado con todas las sorpresas de los regalos futuros.

Maruja era demasiado tímida para preguntar a cualquiera por los inusuales presentes, con el tiempo cuando los vecinos se unieron a la moda de los martillos, aprendió a fingir sorpresa. Vilma su hija, la observaba correr con la prisa que le permitía su edad, después de cada regalo rumbo al escaparate donde los guardaba, después de clasificarlo y pensarle un sitio. A veces ella se acuerda que al comienzo pensaba que era una broma; ella gozaba de buen humor, pero no era así,  terminó resignándose y hasta agarrándole gusto. A medida que su colección crecía ella fue encontrándole otros usos, cuando el insomnio atacaba abría la puerta del escaparate y los contaba hasta que se dormía, como si fueran ovejitas, a veces los utilizaba como  aguanta libros y otras de pisapapeles; en fin los martillos no salían de su cuarto, era una colección privada; ni siquiera su hija sabia de tal existencia. Ninguno de ellos fue utilizado para el sencillo acto de clavar un clavo, los apreciaba mucho como para una tarea tan vulgar, para eso ella guardaba una gran piedra en la cocina, y como los años la habían dejado medio ciega y la piedra pesaba mucho, siempre se pisaba un dedo. Los que la amábamos notamos tan penosa situación, y sin proponérnoslos siquiera íbamos aumentando el tan particular conjunto.

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