Nos Repetimos

Hay sonidos que atraviesan el tiempo, pequeños sonidos cuyas indescifrables notas exploran las profundidades de ciénagas temibles, aguas misteriosas, aguas perturbadoras que albergan bestias amorfas, seres rencorosos que esperan una señal para salir y embestir todo lo que se encuentre a su alcance. Sí, hay sonidos que atraviesan el tiempo y derruyen el presente; sus vibraciones nos arrancan de meditaciones para transportarnos a los sitios perdidos que creíamos imposibles de recuperar, viejos sitios que nadie vería jamás. ¿Mentiras de la memoria, de la melancolía? Así también hay olores, colores; detienen el andar de los segundos, nos sumergen en sensaciones imperecederas que conservan en su interior fuerzas que lo arruinan todo. A veces es mejor no volver a casa. Pero los sonidos… ellos vienen y se van, trazando una senda imaginaria desde la decrépita memoria hasta el sepulcro. Sólo ahí, en el lecho de muerte, éstos se disiparán; el viento los arrastrará junto con mis cenizas.
Arnulfo, después de haber esperado a que su sopa se enfriara, dio el primer sorbido, un golpe que desgarró al silencio bajo el cual nos sentíamos tranquilos. Sentí cómo de manera automática mis cabellos se erizaban, así como los vellos de mis brazos; sentí calor en el cuello y en la cabeza. Dio el segundo sorbido, un golpe directo a las entrañas. Apreté los dientes y los puños, cerré los ojos. Arnulfo cometía traición al desenterrar como un perro aquel sonido que creía extinto por las fuerzas del olvido voluntario. Nosotros nunca olvidamos, ¿verdad? Al parecer es inevitable, estamos condenados a volver a nuestros desdichados días para contemplarnos, para compadecernos de nosotros mismos, para jamás liberarnos de los viejos fardos.
Abrí los ojos, ya no era Arnulfo quien comía sopa, era papá. Arnulfo se transfiguró en él. También la habitación había cambiado. Papá estaba en el comedor rosa, en nuestra casa. En la cocina, torres de platos sucios se erguían; ahí, cucarachas y hormigas celebraban el festín de nuestras sobras. Ocho sorbidos, llevaba ocho sorbidos, y ello me ponía muy mal. Hernán bajó por la única escalera de la vieja casa y se colocó junto a papá. Éste dejó de sorber, lo cual me produjo bastante alivio. ¿Por qué no te has ido, cabrón?, dijo a mi hermano sin siquiera voltear a verlo. Hernán no tardó en responder, ya me voy, hijo de la chingada. No supiste ser padre, quédate con tus mierdas, pendejo. Subían el tono de sus voces. Papá se levantó, soy tu padre, respétame. Comenzaron a gritarse. La pequeña figura de mamá apareció en el umbral de las escaleras, atrás de ella estaba yo de niño, pequeño y cobarde. Súbete, Arnulfo, súbete, me dijo mamá. El pequeño Arnulfo, mirada vidriosa, labios apretados, obedeció a su madre, nuestra madre. Hernán y papá continuaban gritándose, liberaban toda la podredumbre que había en sus cuerpos, todas las amarguras que los aquejaban (¿de qué sirvió?, es claro que todos somos estercoleros, la mierda jamás deja de acumularse en nuestra alma, espíritu o como quieran llamarle). Mamá comenzó a llorar y se colocó entre ambos, vete Hernán, vete. Jamás vi a mi hermano tan herido y tan molesto; al menos así imaginaba la escena mientras me apoyaba sobre el barandal para escuchar. Todo lo que veía no era más que un montón de imágenes creadas por una torpe mente infantil. ¿En realidad así era la expresión de mi hermano, en realidad mamá se colocó entre ambos? Jamás lo sabré, así es el juego de la memoria. En fin, Hernán empujó a mamá, vieja hipócrita, cómo puedes preferir a este pendejo; se dirigió hacia la puerta sin maletas, sin algo que le pudiera recordar su hogar en los días errantes; azotó y partió para siempre. Papá se sentó de nuevo a la mesa para continuar comiendo (y sorbiendo) su sopa. El silencio que se precipitó desde el techo era sofocante. Comenzaba a anochecer y nuestras figuras proyectaban sombras abominables; el rosa del comedor era enfermizo.
Veinte sorbidos. Mamá ya llevaba rato de pie, en la cocina, llorando. Yo temblaba de nervios, pues revivía una de las tantas escenas desagradables de mi niñez. De pronto recordé que lo peor estaba por ocurrir, así que cerré los ojos y aguardé unos segundos. El pequeño Arnulfo dio un alarido desde su habitación. Asustados, mamá y yo subimos a verlo (aunque mamá, por obvias razones, no podía verme). Entramos a su cuarto y lo encontramos agazapado en una esquina, cubierto por una sucia cobija color azul. ¿Qué te pasó?, preguntó mamá entre preocupada y molesta. Posiblemente una cucaracha lo asustó, debió haber pensado mamá; pero no, fue algo mucho peor. Canica, balbuceó el pequeño Arnulfo. Mamá y yo volteamos a ver la jaula de Canica; ella no pudo contener un grito de terror. Patas arriba, los ojos salidos, la boca abierta, Canica, el hámster del pequeño Arnulfo, nuestro hámster, estaba siendo devorado por un tropel de cucarachas enormes, violentas. Mamá tomó a Arnulfo de los brazos y lo llevó a su cuarto; el niño no pudo evitar el gritar y llorar; su voz hacía eco en el pasillo. Era angustiante escucharlo vociferar, así, en el silencio total de nuestra casa. ¡Callen a ese cabrón!, gritó papá desde el comedor. Yo seguía en la habitación, llorando, reviviendo cada momento. Decidido, descendí al comedor para enfrentar a papá. Él continuaba ahí, sentado, comiendo (perdí la cuenta de sus sorbidos), sin camisa ni pantalones, sus lentes fijos en la punta de su gorda nariz. Lo miré unos instantes. El pequeño Arnulfo gritaba, mamá lloraba…
Es mejor no tener memoria, es mejor olvidar quiénes somos. Si tan sólo fuera posible arrojar los cadáveres en el camino… Contemplé a papá unos segundos más. Esperé su siguiente ataque. Sorbió de nuevo. ¡Ya, hijo de puta! ¿No sabes tragar, eh, eh, eh?, ¿no puedes cerrar la pinche bocota, no puedes? Me miró estupefacto. Sentí un mareo intenso y todo se volvió oscuro.
Abrí los ojos, como despertando de un sueño, o más bien de una pesadilla. Papá, mamá, el niño, el comedor, todo el escenario por donde momentos atrás transitó un fragmento de mi historia, desapareció. Me encontraba de nuevo sentado a la mesa, frente a la sopa, solo. Mi tazón estaba vació, la cuchara estaba en el suelo. Había vuelo a mi cuerpo, ya no me contemplaba a mí mismo desde otro ángulo de mi departamento. Eructé y a mi boca volvió el sabor de la sopa que había ingerido. Yo di esos sorbidos, ¿verdad?, ¿quién más? Mis vellos volvieron a erizarse ante la respuesta afirmativa de mi mente. Como siempre, lágrimas. Miré mis manos y vi que eran idénticas a las de mi padre. Misma edad, mismas manos, pensé. Aunque no tengo a quién joderle la vida. Llevé mis manos a la cabeza cuando escuché un pequeño ruido: era una cucaracha danzando en la cuchara que inconscientemente había arrojado al suelo durante mi alucinación. Nos repetimos, le dije resignado, ya sin ganas de sentir tristeza. Nos repetimos.

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