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Mamita

Mamita.

             El ángel, pintado de verde sobre la puerta amarilla, volvía a tener cerrados los ojos. La luz azulina del amanecer saltaba a la escalera torcida como una lengua ancha y suave. Oyó los pasos retumbando en el piso, interrumpiendo la luz bajo la puerta.

«Mamita», recordó, arrastrando el fresco de la amanecida. Le dolían las piernas, los brazos y la cabeza. Se sentó en un escalón, reposó los pies dos más abajo, los codos contra las piernas, las manos cerradas sobre los ojos que le escocían. Sintió la emoción del fresco y la humedad, comprobó la resaca, el resto de la borrachera. Tenía hambre y sueño, pero la alegría volteaba la angustia, el estómago vacío, la necesidad de tomar café y dormir doce horas seguidas.

Mamita era vieja y fue hermosa alguna vez, en un momento impreciso de la vida. No la conoció entonces salvo en las fotografías sepia colgadas de la pared. El cuarto, tras la puerta a sus espaldas, era grande y siempre desordenado; la cama regia y alta, amplia. En la cómoda guardaba Mamita recuerdos, pañuelos con olor a hombre y colonia, medallas de plata que no usaba nunca, dos camafeos, sortijas y una pulsera de oro. Era el cuerpo de una hembra pudriéndose poco a poco, entre toses y risas escandalosas, los dos senos enormes, arrugándose, los pezones vencidos y secos, hartos de amamantar bocas sin hambre, los brazos gruesos, pesados, las piernas recias y gordas.

Estaban, con ella en la habitación, los recuerdos que la hacían feliz, la botella de ron –siempre tomaba antes y después– vacía, rodando por el suelo, los visillos manidos que había zurcido inútilmente y ahora los pájaros imposibles de gasa cosidos a la tela sin resultado. El desorden sobre las mesillas, ceniceros saturados, vasos chicos y grandes, ajorcas, sostenes desmayados sobre la rejilla a los pies de la cama, pañuelos chillones, blusas donde ya no cabría la mujer, toallas bordadas a mano, lencería obscena colgando del cabezal, entre revistas y libros absurdos, el hedor a hembra complicado con los perfumes en frasquitos brillantes y chicos, la palangana de agua tibia con la espuma de un jabón afrutado, collares de madera o de vidrio grandes y alegres, la esponja que usaba, indistintamente, para lavar a un hombre y refrescarse el cuello y los brazos.

Dos veladoras con las pantallas torcidas, los pañuelos rojos cubriéndolas –a veces verdes, azules o rosados– para filtrar la luz, la vela permanente como devoción a un santo que variaba en cada visita, la pared torturada con estampas de vírgenes felices y monjes excesivamente juiciosos, un cristo torturado en un rincón junto a la ventana, sobre la maceta de hierbabuena o alhelíes.

Cualquier noche de ánimo dudoso, después de la comida sin ganas, entre sonrisas y un repentino sentimiento de caridad. «Mamita», recordaba en los escalones. Bastaba con llevarle unas flores, un porrón de ginebra, una botella de vino dulce, un licor o un pañuelo repetido que agradecía igualmente. La custodiaba el ángel verde, con una trompeta en la mano, profanado después que adornara el púlpito de una iglesia. Y era feliz y alegre con los hombres, sobre todo si eran jóvenes y risueños, si le mostraban el respeto jocoso y la soterrada burla, señalando con el dedo índice alguna de las foto­grafías doblándose por los vértices, tostadas por el sol, manchadas de carmín y tantas cosas.

–Ahí tenía mis veinte, papito –explicaba con la botella en la mano, entre un trago y el siguiente–. Ya puedes figurarte cómo fui.

Dejaba las flores en algún jarrón mediado de agua, le exhibía una sonrisa con las manos en los bolsillos, reconociendo la habitación, descubriendo alguna carta sobre la cama revuelta, dos jazmines en el escote, a veces una gardenia. Sobre el cuerpo una bata de raso, arrugada y rotosa, los grandes pies desnudos, sorteando libros amontonados que usaba como repisa, revistas deshojadas, platos con restos de comida, un tacho para refrescarse las pantorrillas.

La miraba con respeto y cinismo, aguardaba a que le ofreciera un vaso y un chorro de ron. El pelo fue amarillo, castaño o negro, rizado o lacio, largo o corto. Volvía a pintarse los labios, demoraba decidir un perfume para reponer en la concavidad de las axilas pobladas de un vello escaso y descolorido.

Se sentaba en el borde de la cama y palmeaba sobre el colchón invitando a que se acomodara. Avanzaba despacio, con la boca torcida, la camiseta blanca y anchurosa,  suelta sobre los pantalones de vaquero, el pelo revuelto, con la raya en el centro de la cabeza, rubio, largo y sedoso.

–Mamita ya te va a querer –y mediaba un vaso que encontraba entre el monedero y el despertador, entre una palmatoria con un cabo de vela y una fotografía enmarcada, removiendo las colillas sobre el cuenco que usaba como cenicero.

Se sentaba junto a la mujer, le miraba el perfil y el ensayo de una sonrisa que decidía para él, para cualquier jovenzuelo que se acordara de Mamita la tarde de un sábado, la madrugada de un domingo, cualquier día entre semana. Devolvía o copiaba la expresión de contento, la liviandad carnosa con la que no le era posible competir. Aceptaba el vaso de ron, husmeaba con fingido agrado y bebía un sorbito.

–Es bueno, papito –y reía sin aparente motivo–. Puedo buscar, si queda, sifón. Los hombres lo beben solo. Anda. Un traguito más. Enseguida te va a gustar.

Como si tomara una medicina amarga, para complacer a Mamita, bebía a sorbos, entre chasquidos de lengua y un gesto de asco que trataba de disimular; se vaciaba el vaso, sentía el ron recorriéndole las tripas, inmóvil junto al resto de la mujer a su lado. Aguardaba la renovada historia de Mamita sobre una juventud envilecida y aviesa, casi díscola. Oyó hablar de príncipes y duques en la intimidad de un cuarto, de los hijos de éstos, medio tontos, que la miraron con devoción y tanto respeto como lascivia. De noches que se esparcían hasta la madrugada entre botellas de Chianti o champán, el mate siempre caliente en la calabaza, la boquilla que fue de plata y alguna vez de marfil, las copas y los vestidos de media noche, siempre negros y ostentosos, las joyas que le fueron regalando y se vio obligada a vender.

–Entonces, papito, yo era princesa en la mesa de los duques. Me besaban la mano y me hacían reverencias porque fui una señora, aunque no lo creas.

La creía mientras ella volvía a mediarle el vaso y se recostaba en la cama endurecida. Volvía a repasar las fotografías, el desorden de la habitación, los vestidos tirados en el suelo, en una esquina. Del recuerdo llegó un gramófono no demasiado grande, tres discos de Gardel y tantas remembranzas como mentiras. Porque Mamita era asidua de saraos y farras, de bailes de salón y comidas en las noches de primavera, invitada por un conde, un barón, un príncipe tan joven como idiota.

–Era una dama –y él dudaba de Mamita, vestida para la ocasión, con el penacho de plumas sobre el tocado y los peinados caros y excéntricos que dudosamente habrían de competir con los de sus amistades femeninas, tan ricas como indecentes–. Cierto que viajé lo bastante, siempre invitada, claro, para saber de qué iba la cosa entre un conde con problemas de sordera, tan rico como educado, y una mujer, no recuerdo si baronesa o qué cosa, pugnándose en matrimonio con otras muchachitas hijas de duques y marqueses.

Él asentía, siempre risueño, oscilando entre la piedad y la alegría, aguardando la primera caricia obscena de Mamita, el primer lametón en la cara, las porquerías tal vez  denigrantes que aceptaba y lo trasladaban, incomprensiblemente, al terreno del placer.

Siempre quiso a Mamita, de una manera u otra; estaba sola y siempre borracha, convencida de su ángel custodio que después de muchos colores pintó de verde sin acierto. Se hubiera equivocado con cualquier gama de rojos, azules o amarillos, hubiera resultado igualmente desagradable pero a ella le bastaba, como las estampas de vírgenes y monjes, para asegurarse un pedacito de cielo cuando alguna noche muriera, sola y borracha o junto al cuerpo de algún hombrecito joven, porque a Mamita le gustan los mozuelos que ella decide inocentes y benditos.

Se bebía el ron de un trago, ella soltaba la botella y avanzaba una mano hacia la pierna del muchacho.

–Ya te va a querer Mamita, mi papito.

Lo tumbaba sobre la cama apenas sin esfuerzo. Le arrancaba la camiseta y los zapatos, babeaba sobre el tórax lampiño, refregaba un seno y un pezón en el vientre del muchacho.

–Así, papito. Bonito y sin prisas.

Le sacaba los pantalones y demoraba despojarlo del calzón corto sustituyendo a los calzoncillos. Se regaba los dos senos con ron y él abría la boca para lamer enloquecido aquello fláccido e hinchándose que nunca amamantó a un bebé. Le gustaba el juego de Mamita, el sabor de los pezones bañados en ron. Y a ella le gustaba tragarse el pene y retenerlo en la boca, golpeándolo con la lengua, succionándolo una y otra vez.

–Mamita –suplicaba el muchacho, agarrado al pescuezo de la mujer, jadeando, con los ojos cerrados y la boca abierta para anunciar el chorro de semen y el orgasmo.

Un trago de ron; le volvía a llenar el vaso, bebían mientras ella se desnudaba de espaldas a las vírgenes y los santos dudosos.

Le arrancaba el calzón moteado y le mordisqueaba una pierna. Lo lamía como una perra a su cachorro, desde la cabeza a los pies, humedeciéndolo con saliva y ron.

–Abre la boquita, papito.

Obedecía, le echaba un caño de la botella y volvía a lamerle la cara y las orejas. Mamita aguardaba la primera caricia maquinal que él le ofrecía como recompensa por el placer que aún era capaz de ofrecerle a un hombre; acariciaba a una perra vieja y olvidada, a un animal gordo y moribundo, a lo que restaba de hembra dentro de aquellos brazos y piernas, bajo el pelo enmarañado y ocioso –esa noche grasiento y caoba–, atrás de la sonrisa enloquecida de la mujer olvidada por condes, marqueses, duques y qué clase de príncipes, todos ya muertos pero con Mamita en el cuarto para evocarlos del pasado y perpetuar su memoria.

– ¿Y no te hablé, papito, de un mocito rubiales como tú? Toma –volvía a llenarle la boca de ron–, traga y escucha. Ahora te me echas encima y haces conmigo lo que más te gusta.

Improvisaba una noche, una luna, una carpa blanca de seda o tul, incontables mesas de banquete bajo el techo suave y transparente para festejar la onomástica de un barón sureño y adinerado, con un hijo como él.

–Era un querubín, papito, casi como tú. Muy lindo el jovenzuelo, también rubiales y risueño. Hice los honores, claro, el barón me acomodó junto al mocito para que le animara la noche, porque Mamita sabía complacer a grandes y a chicos por igual.

Después del primer brindis y antes de que sirvieran los entremeses, Mamita, bajo la mesa, deslizó su mano por el muslo del muchacho sin encontrar resistencia. Le apretó el pubis, la casi erección y los genitales. El muchacho, esperanzado en heredar el noble título que ostentaba el padre, separó las piernas, alzó su copa y cerró los ojos mientras Mamita le sobaba la erección con intenciones de masturbarlo. Cuando el semen le chorreó por la mano alcanzó una servilleta y se limpió.

–Tranquilo, papito –le dijo al joven heredero ya rico a sus diecisiete años–, la primera para entonar. Ahora repetimos.

Le gustaba masturbar a los muchachos –y él la creía–, verles la boca y los ojos sustituyendo el estertor silenciado, los labios mordidos para festejar el orgasmo, la mano de Mamita insistiendo en la erección. Un jadeo mudo, un trago, la espalda contra el asiento, las piernas fláccidas mientras ella buscaba la servilleta, ofrecía a los comensales la más cínica sonrisa y se limpiaba la secreción caliente y pringosa del muchachito tan agradecido y feliz que más tarde habría de compartir la cama con aquella Mamita de veinte años o pocos más.

–Y era tan lindo mirarlo después –decía mientras se apuraba la botella–, con la boca torcida por el placer, un poco aturdido por el gozo, tratando de sonreír para que los invitados no creyeran que estaba borracho o le dolía el estómago por algo que habría comido y le cayó mal.

Apartando el vaso, los pañuelos, medias de seda y las toallas, recuperaba la mitad o un tercio de la gran cama de Mamita, se tumbaba boca arriba, desnudo y otra vez erecto, la cabeza contra el travesaño, inclinada para sentir el mentón en las clavículas, el pelo resbalándole por la cara, un poco borracho y contento.

–No te me duermas, papito, quiero verte feliz.

Rebuscaba bajo la cama alguna botella de grapa o ginebra, de vermú o whisky porque ya había terminado la de ron. Se pasaba el brazo por la boca y bebía un trago de la botella mediada, zarandeaba al muchacho hasta que le abría los ojos y la boca y le daba de beber.

–Traga, papito. Me gustan los hombres excitados y borrachos.

Y él tragaba, la boca entornada, los ojos con sueño, los brazos adormecidos y las piernas inertes. Mamita inclinaba la botella sobre el vientre y le formaba un charco de ginebra. Lamía con la lengua el alcohol sobre el cuerpo del muchacho «es buena para desinfectar» y entre mordiscos placenteros y besos ruidosos, hociqueando, encontraba la erección y la tragaba, lamiéndola, mordiéndola, chupándola hasta los tres gemidos que anunciaban otra secreción gozosa, y Mamita la bebía revuelta con un trago de ginebra y la repetida risa escandalosa, mientras él resoplaba, se le descolgaba la cabeza hacia un hombro, abría las manos, tensaba las piernas y los brazos, suspiraba y el cuerpo volvía a reposar inerte, en la cara una sonrisa de gozo y extenuación, de paz y felicidad.

«Mamita», recordó, sentado en los peldaños de la escalera, irguiendo la cabeza, abriendo los ojos enrojecidos, sin ánimo para levantarse y bajar los escalones hasta la calle.

Dormía inmóvil junto a la mujer grande, rechoncha y borracha, próximo a la ventana por donde trepaba la noche y el fresco, el perfume de los jazmines, el azul cobalto de la madrugada, el murmullo del río y la brisa que subrayaban las hojas de los árboles como un lamento, una confesión de esperanza. Dos horas después Mamita lo despertaba, volvía a llenarle la boca de ginebra, lo abrazaba, le sobaba la erección y se lo echaba encima como si fuera una manta.

–Házmelo mil veces, papito –rugía ella borracha, con los ojos cerrados, besándolo, lamiéndole los ojos y la cara.

Atinaba con la erección y la vagina, resoplaba sobre Mamita a cada embestida, la boca abierta, ruidosa, el pelo pegado a la cara, al sudor de la frente y las mejillas. La besaba en el cuello y ella le apretaba el trasero con gemidos graves de placer. Los lamentos del muchacho chocaban con los de Mamita, se refregaban las bocas, babeaba sobre la cara de la mujer.

Un gemido moribundo, un alarido; ella separaba las piernas, se removía bajo el peso del muchacho anunciando el orgasmo, festejándolo con gritos y exclamaciones obscenas. Se desmoronaba como muerto sobre el cuerpo de la mujer, la cara contra un hombro, el tórax sobre los senos enormes, apresado por las piernas poderosas de Mamita con la lengua afuera, dándole lametones en las orejas y en el pelo.

–Como muerto te me quedas, papito. Eres feliz, ¿verdad?

Gruñía para asentir, abría la boca para respirar, para tratar de explicar el gozo que lo inundaba, el fresco que golpeaba su alma y su corazón.

–Mi papito lindo –y acariciaba la melena sudorosa del muchacho–, mi pibe bonito.

Descansaba sobre la gran hembra durante un buen rato. Luego se giraba, quedaba boca arriba junto a la mujer saciada que manoteaba el paquete de cigarrillos. Ella le encajaba un pitillo en la boca, acercaba la llama del fósforo, apretujaba los testículos del amante jovencito y recitaba una oración a San Antonio, a un fraile clavado en la pared.

Fumaban vencidos por el sueño y el alcohol, resoplando el orgasmo ruidoso festejado a dúo; ella le había enseñado a esperar, a sincronizar los gozos, a compartirlos. La noche se retiraba de la ventana y un albor de rocío acariciaba los jazmines y los cuerpos sobre la cama. Escupía la última pitada del cigarrillo y lo aplastaba en el cuenco repleto de colillas. Entraba en la camiseta, en el calzón y los pantalones. Mordisqueaba un muslo de Mamita y masticaba un pezón y luego el otro.

–Ay, papito –se quejaba la hembra–. Ya vas a volver muy pronto. Mamita te va a esperar. Compraré ron y ginebra. Y una caja de galletas, y un sifón.

Metía los pies en los zapatos sin tacón y se agarraba a la cama para no caerse. Miraba a la mujer despatarrada sobre las sábanas, con la boca entornada y feliz. «Mamita», recordaba, cerrando y abriendo los ojos, examinando las fotografías de la mujer cuando fue joven y linda, cuando caminaba bajo la noche vestida de raso y negro para una comida a la que fue invitada por duques y marqueses donde nunca faltó un muchachito al que poder masturbar bajo la mesa.

De alguna manera quería a Mamita, siempre borracha y ruidosa, en mitad del cuarto y el desorden, renovando las historias que inventaba para él.

Giró la cabeza, miró la puerta amarilla y el ángel verde; el hambre le mordía en el estómago, la cabeza, aturdida, reclamaba sueño y café. «Mamita», y sonrió, alcanzando la barandilla para ponerse de pie.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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